2 jun. 2007

Retiro

Retiro es un barrio de Buenos Aires. Además, es el nombre de una estación de autobuses, y además es uno de los sitios en los que yo he pasado más tensión en toda mi vida. Supongo que los argentinos estarán muy acostumbrados a una terminal como Retiro, pero para lo que se ve por aquí es verdaderamente inmensa. Por si sirve de comparación para quien la conozca, la Estación Sur de Autobuses de Madrid, en Méndez Álvaro es bastante grande (para mí, era grandísima). La plataforma de dársenas mide 100 metros. Bien, Retiro mide 400 metros de largo. Es verdaderamente gigantesca. Yo había estado en Retiro unos días antes, justo al mediodía. Había mucho ambiente. Muchísimo tráfico de maletas. Algún policía ocioso. Algún señor despistado, o haciéndose el despistado. Siempre hay algún ratero que busca el descuido de un viajero recién bajado del autobús... En definitiva, nada que uno no encuentre en prácticamente cualquier terminal de viajeros del mundo. La siguiente vez que volví a Retiro eran poco menos de las dos de la madrugada para esperar a un autobús que salía a las 3:15. Y el ambiente era diferente...

Serían alrededor de las 01:50. Lo primero que me encontré fue a un pequeño grupo de chavales de entre 10 y 15 años apostado en cada puerta de acceso, que controlaban quién entraba o salía de la terminal. Aquello me hizo mirarlos de reojo al pasar a su lado, pero me he movido por ambientes densos en otras ciudades por lo que me sentía seguro de que yo, arrastrando mi trolley y con mi mochila llena de material de fotografía a la espalda, sería capaz de lidiar con la situación. Al llegar a la zona de espera, que describe una amplísima línea acristalada a lo largo de los 400 metros donde aparcan los autobuses, me encontré a cientos de personas durmiendo. En un primer momento pensé que eran viajeros esperando, pero inmediatamente la falta de maletas y algún que otro detallito me hizo ver que no era así. Era gente que iba a dormir a la terminal para no dormir al raso. No había ni dios despierto. Al fondo dos perros se peleaban a dentellada limpia y uno de ellos se le tiró a un vagabundo que pasaba junto a ellos, y que se defendió como pudo del repentino ataque. Al mismo tiempo, parejas o tríos de chavales de no más de 12 años merodeaban buscando algún bolso despistado o demasiado lejos de su dueño. En Retiro sólo duermen quienes no tienen nada que perder. Mi tensión iba en aumento y junto a Valeria, que me acompañaba, buscamos un lugar donde sentarnos. Necesitaba encontrar una ubicación donde pudiese controlar más o menos la situación. Unos bancos dispuestos en forma de U, con cuatro asientos en cada tramo eran lo más parecido a un fuerte. Nos sentamos uno junto a otro en el tramo del fondo y me dispuse a esperar pacientemente a que transcurriera la hora larga que teníamos por delante. Frente a mí veía a cualquiera que se acercase a los asientos y me permitía cierto control.

La situación era dramática. En el brazo de la U de mi derecha un señor muy gordo con un pantalón claro y una camisa desabrochada dormía encogido sobre sí. A su izquierda, otro señor con bigote, calvo pero con dos penachos de pelo largo y rizado a los lados de la cabeza y un jersey azul lleno de agujeros dormía con un niño semidesnudo de unos 3 años dormido sobre su regazo. A su izquierda el banco estaba ocupado por numerosas bolsas de plástico llenas de objetos, al igual que debajo del banco, y el siguiente y último asiento estaba ocupado por una señora también durmiente, muy gorda, teñida de rubio con unas mallas que le llegaban por las pantorrillas y una camiseta de rayas blancas y azul marino apretadísima. A la izquierda, en el brazo opuesto de la U, una señora morena con un anorak impermeable dormía plácidamente y era la única ocupante de aquella banda.

Valeria muy habladora (como buena argentina) se percató al poco de estar allí sentados de tres circunstancias: Que en el silencio sepulcral de la terminal sus palabras se oían de punta a punta. Que yo no abría la boca. Y que no dejaba de mirar a todas partes.
—Estás muy serio.— Me dijo
—No estoy serio. Estoy alerta.— Respondí. En ese momento miró alrededor, y tomó conciencia de la situación en la que estábamos metidos. No volvió a decir una palabra. Al cabo de unos minutos de estar allí, la mujer rubia y gorda se despertó, y despertó al que entonces me enteré que era su marido: El señor de bigote con el niño en el regazo. Lo alucinante es que le despertó sólo para ponerse a discutir. El hombre parecía estar bastante dormido y no tenía muchas ganas de discutir, por lo que intentaba zanjar el rifi rafe a cada enbate de su mujer, aunque ella no se daba por vencida. Las patrullas de niños merodeadores pasaban cada 10 ó 15 minutos. Al poco llegó un señor con vaqueros y una chaqueta de cuero, portando un portaplanos, pero con una pinta increíble de estar drogado y los ojos auténticamente inyectados en sangre que no se le veía nada de lo blanco. Este señor se sentó en el brazo izquierdo de la U, en la parte del extremo, literalmente enfrente de la señora gorda teñida de rubio. Este último visitante me inquietaba sobremanera porque no me quitaba ojo de encima. Estuvo alrededor de media hora mirándome de continuo fijamente y sin mover un dedo. La señora gorda se levantó y al cabo de unos diez minutos volvió con una amiga. Despejó de bolsas el asiento junto a su marido y se sentó allí, y la amiga, una señora flaca con el pelo por los hombros, muy lacio y muy grasiento, ocupó el banco del extremo que la gorda rubia ocupaba antes. La situación era que la esposa del señor de bigote (la gorda) era amiga de la flaca del pelo grasiento, pero el señor de bigote y la flaca no se soportaban. El señor de bigote —que no abrió los ojos en la hora y pico que yo estuve allí— contestaba sin mover un solo músculo mandando al carajo a su mujer y a la amiga, con tal de que le dejasen dormir. Al parecer el señor de bigote había vendido algo (no me enteré de qué era, porque hablaban bastante cerrado y vocalizando mal, y medio dormidos), que la flaca no le había pagado. El señor de bigote le reclamaba a la flaca los cinco pesos o la devolución de la mercancía y la flaca aducía que ya lo había usado (fuese lo que fuese el objeto de la venta). El señor del portaplanos de mi izquierda seguía mirándome fijamente. La flaca amenazaba al señor de bigote con llamar a unos amigos suyos para que le dieran dos puñaladas. La gorda hacía frente común con la flaca. El señor de bigote las llamaba lesbianas. La gorda se mofaba de su marido por tener una esposa lesbiana. La flaca insistía en que cuando el señor de bigote se metiese al baño le matarían allí mismo y el señor de bigote, siempre con los ojos cerrados y sin moverse, decía que la flaca era una fanfarrona y una bocazas, y que se fuese a tomar viento. El señor del portaplanos no me quitaba ojo. La flaca acabó por largarse y la gorda se encaró con el marido por haber echado a su amiga. El marido decía que no la había echado, que se había ido porque había querido y que le dejase dormir. La gorda expresaba preocupación por la amenaza de la flaca. No por el hecho de que fuesen a matar a su marido, sino por miedo a que durante el asesinato el hijo estuviese cerca (de hecho en ese momento seguía durmiendo en el regazo de su padre) y saliese herido. El de bigote le decía que jamás se había preocupado por el crío y que no dijese chorradas. Que la flaca era una fanfarrona y que no iba a matar a nadie. Le eché otra mirada al que me vigilaba fijamente y se había quedado dormido apoyado en su portaplanos. En ese momento llegaron dos monjas que esperaban un autobús (supongo). Una muy alta, joven, negra, y muy guapa, y la otra más bajita, de unos 50 años o más, con gafas grandes y redondas. Se dieron una vuelta por allí buscando algún sitio donde sentarse y se quedaron en unas escaleras que daban al piso superior, por donde también había patrullas de niños merodeadores. La gorda entonces entró en un ataque de celos. Empezó a decir que su marido la engañaba, y dijo "a ti te gustan pechos grandes, veamos dónde hay pechos grandes" al tiempo que movía la cabeza oteando los alrededores. Lo cierto es que las tetas más grandes que había en 100 metros a la redonda eran las suyas propias. Mi mayor temor en aquel momento era que la tomase con Valeria que sin decir ni pío permanecía a mi lado, ya que era la única mujer que no dormía y que estaba a la vista, ya que las monjas habían desaparecido. Si la gorda la tomaba con Valeria y se ponía agresiva, ¿qué hacer? ¿Pegarle una leche a la gorda? Pero entonces se podía despertar el marido, llegar la flaca, que ordenase que me apuñalasen a mí, y aquello podía ser una mezcla entre Mad Max y Acción mutante. No quería ni pensarlo. Rogaba a todos los santos que a la gorda se le ocurriese cualquier otra excusa para meterse con su pobre marido que la de los celos. En ese momento, y afortunadamente llegó una chica de aspecto nórdico, altísima y con una mochila. Se quitó la gorra que llevaba y dejó caer una melena rubia y larga que rápidamente se recogió con ayuda de un bolígrafo. Y digo afortunadamente porque captó la atención de la gorda. Ya era casi la hora del autobús. Sólo quería que no se retrasase. Daría lo que fuese por que el autobús no se retrasase. La señora morena que había al lado de Valeria y que había permanecido dormida todo el rato bostezó sin abrir los ojos. No tenía ningún diente ni arriba ni abajo. Salvo los colmillos superiores. Las únicas piezas dentales que le quedaban en pie eran los caninos de arriba. La visión de aquellas encías desnudas de las que emergían dos amarillentos monolitos era turbadora. Una especie de vampiro o algo así. Era el colofón perfecto a aquella espera, al tiempo que por megafonía se anunciaba la llegada del autobús. Justo a su hora. Las 03:15

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