29 ene. 2011

Flexibilidad

En todas las empresas es común la flexibilidad de horario. Tú vas, y puedes salir tan tarde como tú quieras. Horario flexible. Pero flexible sólo por un extremo. Flexible por detrás. Por el culo, como quien dice. Y claro, uno acaba teniendo el ojo del culo igual de flexible de aguantar que te den por él. Da igual que entres prontísimo a la oficina, hasta la hora de la salida no se puede salir. Y si quieres quedarte hasta más tarde, pues no pasa nada. Gracias, chaval. Te veo implicado en el proyecto. Se te nota que te implicas con la empresa, y todas esas gilipolleces que los jefes dicen cuando creen que pueden tomarle el pelo a los curritos. En teoría uno tiene que currar ocho horas al día, pero del mismo modo, da igual. Da igual que por haber entrado antes hayas hecho tus ocho horitas. Hasta la hora de la salida, nanay. Uno no se va a casa.

Afortunadamente el Estado no es una empresa. El Estado vela por los ciudadanos y... Oh wait!

Resulta que para el Estado la flexibilidad es idéntica. Da igual lo pronto que uno empiece a trabajar. Aunque papá Estado te dice que tienes que currar 38,5 años para poder jubilarte, da igual que un señor lleve dejándose las pelotas desde los 18 años. Porque cuando cumple los 57, a pesar de haber estado en la oficina más de lo que dice el Estado, el jefe le dice que hasta que no llegue la hora de la salida, de los 65 años, que se olvide de irse a casa a jubilarse. Da lo mismo lo pronto que empieces a currar, porque hasta los 65 años no sales de la oficina, aunque si quieres hacer horas extras, cojonudo. Eso sí, tal como pasa en el mundo real, nadie te las va a pagar. Por desgracia, la parte buena, para cuando uno se jubila ya tiene el ojo del culo tan entrenado que parece de goma. Flexible, flexible como una bailarina de ballet...

Con lo fácil que es solucionarlo echándole huevos...

23 ene. 2011

Google Translator: El futuro ha llegado y nos ha pillado por sorpresa...

A mediados de los 80, en el programa Los Sabios, recuerdo un episodio en el que se hablaba de que en el futuro, un niño japonés podría hablar con un niño estadounidense sin conocer ninguno de los dos la lengua del otro, por medio de un traductor simultáneo automatizado. Aunque recibí aquello con la ilusión propia de un niño, poco a poco fui comprendiendo que aquello quedaría en el cajón del futuro improbable. No en vano, el Universal Translator, aparece en uno de los capítulos de Where' my Jetpack, de Daniel H. Wilson.

Cuando en 2009 vi el famoso (y larguísimo) vídeo de presentación de Google Wave, una de las cosas que personalmente más me impactó fue el hecho de que se pudiera chatear con alguien, y nuestro interlocutor ver nuestro texto traducido a su lengua materna. Ya entonces le comenté a mi amigo Ramón, que de eso, a la traducción simultánea quedaba un paso.

Hoy me he despertado con sueño, y he visto en el androide que se había actualizado Google Translator. Además de un remozado del interfaz, lo más alucinante que tiene es que aúna el reconocimiento de voz (del que ya venía haciendo uso para escribir SMSs y correos electrónicos), con la traducción, y con la síntesis de voz. Conclusión. Reconocimiento de voz + Traducción + Síntesis de voz = Yo hablo en Español, y mi androide dice lo mismo en el idioma que yo quiera. Por ejemplo, en turco. Pero ahí no acaba todo. Tiene un modo conversación que, eligiendo dos idiomas, va traduciendo alternativamente del uno al otro, y del otro al uno. Como hacían los niños de Los Sabios, pero con un dispositivo que llevo en el bolsillo.

Algo digno de la imaginación de un chaval, que la sensatez de la edad adulta me hizo creer que nunca llegaría, me lo he encontrado por la mañana junto al café y el pan con tomate del desayuno... Y yo con estos pelos...
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