19 mar. 2008

El bosque de Moal

El sonido de los pasos se acompasa con el de un cencerro que suena a cascajo en la lejanía mientras su portador ramonea los alrededores de Moal, que ya va quedando a la espalda. El sol pica y por un momento pienso que el hombre del tiempo la cagó al poner un noventa por ciento de probabilidad de lluvia para el concejo de Cangas del Narcea. Así que nos atrevemos con la PR AS-132. La ruta del bosque de Moal.

Al poco de cruzar el río Muniellos, cuatro gotas comienzan a abrirse paso entre los castaños y los robles, y estas dejan paso a muchas más, que hacen necesario echarse por encima el chubasquero o el poncho. La cámara se queda colgada pero cada vez que me la llevo al ojo se moja una y otra vez, y en menos de un cuarto de hora decido no asomarla más, lo que implica guardarla en la mochila para no llevar casi tres kilos de lastre inútil al cuello, lo que implica hacer la operación bajo el poncho.

El repiqueteo de las gotas sobre el río, sobre la hojarasca y sobre mi capucha apaga cualquier otro sonido que pudiera llegarme, mientras los limacos aceptan la invitación de la lluvia para salir de su letargo. Cojo uno enorme que esconde los ojos tan pronto como ve un bicho gigantesco abalanzarse sobre él, y se arremolina sobre mi dedo. Cuando lo suelto, un moco denso y blanco recubre mi mano. La baba también la dejo cuidadosamente pegada en una piedra. No me la quiero llevar. El suelo está lleno de erizos de castaña, los envoltorios espinosos que recubren los frutos. Pero con tanta ardilla, de los frutos no queda nada. Entre árbol y árbol se ven decenas, o incluso cientos de jóvenes castaños que intentan abrirse paso. La mayoría de ellos no prosperarán.

Un penetrante olor a humus y tierra mojada penetra por todas partes, y la pendiente se hace cada vez más pronunciada. Atravesamos una mancha de avellanos, donde puede verse el suelo lleno de cáscaras mordidas por las ardillas. Es curioso ver cómo un animalillo tan simple como este roedor no abre las avellanas de cualquier modo. Absolutamente todas las cáscaras están abiertas del mismo modo. Mordiendo la cáscara por su punto más débil: Aquel por donde tiene el rabo.

Conforme vamos ascendiendo, las hayas se rinden ante la altitud y quedan atrás. Nosotros seguimos adentrándonos en el piornal, echando de menos el abrigo que incluso los desnudos troncos nos brindaban contra el viento.

En la cima, la ladera deja de protegernos y en el mirador del Montecín, entre matorrales, el viento y la lluvia arrecian y noto una punzada en el oído izquierdo. Estamos empapados, ya sea de lluvia, ya sea del sudor que bajo el poncho o el chubasquero no se evapora. Me limito a tomar con el móvil una foto de Moal desde el mirador. Miramos en derredor y vemos el paisaje, la senda que discurre monte abajo, el puerto del Connio, el collado de Moncou… Y comenzamos el descenso rápidamente. El tiempo no pinta bien ahí arriba.

Al poco de bajar nos internamos de nuevo en el dominio de las hayas. Emergiendo de entre una alfombra de hojas, los árboles desnudos, recubiertos por musgo y líquen adoptan un aspecto fantasmagórico. Al llegar al collado del Moncou llegamos a una ladera del Montecín desnuda de árboles. Allí comienza lo más duro. La pendiente es pronunciadísima y el sendero está completamente embarrado. Poco a poco la lluvia cala y la arcillosa montaña se desmenuza bajo nuestros pies haciéndonos resbalar y a veces dar con los huesos en el suelo. A pesar de caminar por la broza es inevitable escurrirse montaña abajo, y la pronunciada pendiente del camino de vuelta. Las botas se embarran, y la suela de tacos de poco sirve cuando entre ella y el suelo median tres dedos de arcilla.

Una culebrilla de poco más de una cuarta se ha visto sorprendida por el chaparrón, y la fría lluvia la ha dejado incapaz de moverse. Como último recurso ha mordido una brizna de hierba con fuerza para evitar ser arrastrada por el agua y allí permanecerá hasta que el sol desplace a las nubes, y la vuelva a calentar lo suficiente para volver a la actividad.

Al salir del barrizal ya no llueve. Sólo cae el agua pulverizada que el viento arranca de los árboles monte arriba. A punto de llanear en la falda baja del Montecín algo se mueve en un castaño y nos congelamos. Con movimientos felinos me llevo la cámara al ojo y con el 400 mm veo cómo la ardilla me mira directamente a mí. Le tiro varias fotos. Pega un par de saltos y cambia de árbol. Sólo por esa caza ha merecido la pena la excursión. El sol nos acompaña de vuelta hasta Moal.

1 comentarios. Deja alguno tú.:

Alma Cándida dijo...

No sabía que se llamaran limacos esas repugnantes babosas... Recuerdo a mi hija mirándolas fascinada en Cantabria, a los pies de los Picos de Europa, y a mí dándome arcadas de pura fatiga... ¿¿Cómo pudiste cogerlas en la mano??

Estás hecho un Cela relator de viajes :-)

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