8 ago. 2009

Luisgé Martín, el defensor de las bolsas de plástico

Acabo de leer un editorial en El País de Luisgé Martín, de profesión novelista. Yo no tengo el gusto, y la verdad es que no he leído nunca nada suyo. Mis horas de lectura las ocupan mayoritariamente clásicos que llevan decenios o incluso centurias escritos. Siempre he dicho que es fácil que un libro lo lean semanas después de publicarse, pero que siga vigente siglos después de haberse escrito es toda una garantía de calidad.

El señor Luisgé Martín, en su misiva, hace una especie de confesión demagógica. Se disfraza de pirata (él se lo dice todo) para enarbolar una especie de disidencia "desde dentro", rompiendo una lanza a favor de la regulación, del control y de las entidades de gestión. Enarbolando la bandera del catastrofismo y anunciando, agorero él, que con el libro nos acercamos a la destrucción como ha pasado con la música. Me ha resultado increíblemente sagaz y manipulador, pero al mismo tiempo miope. Quizá él no vea lo que está pasando, así que me voy a permitir el lujo de contarlo por aquí, una vez más, toda vez que en los editoriales del citado periódico no se pueden dejar comentarios.

Empezaré con una parábola. Hace poco leí unas declaraciones de un representante de los fabricantes de bolsas de plástico, en las cuales se mostraba increíblemente alarmado por la próxima desaparición de las mismas en los hipermercados y supermercados que son, como es obvio, sus principales clientes. Este señor, de cuyo nombre no quiero puedo acordarme, decía asustado que todo era muy precipitado, y que ellos ofrecían seguir fabricando bolsas pero reutilizables diez veces, que se pudiesen usar como bolsas de basura etc. Vamos, más o menos, las mismas bolsas que usamos ahora. Yo las reutilizo mucho, y casi todas ellas acaban conteniendo mondas de patata, raspas de pescado, huesos de chuletilla y cáscaras de sandía. Es lógico, claro, que estos fabricantes intenten seguir como don Errequeerre, en sus trece. Es lo que le pasó (y le pasa) a la SGAE. El mundo cambia, pero siempre hay irreductibles galos que prefieren no tener la civilización romana, o idiotas etarras que prefieren no tener un tren de alta velocidad. Y siempre hay gente que dice "como yo fabrico punzones para tablillas, digo no al bolígrafo maligno".

Centrándome en el tema, este señor Luisgé parece no darse cuenta de que el trasfondo de las descargas de Internet (en España no son ilegales si no es con ánimo de lucro) no es el que él pinta, que quizá sea el suyo. Quizá él sí se compre una camiseta de Cristiano Ronaldo con lo que sea ahorra al no comprarse DVDs y CDs originales. Yo no. Y sospecho que la mayoría tampoco. No señor, el problema es evolutivo. La sociedad avanza, y se mueve hacia adelante. La gente forma una masa que dicta su propio destino. Nos lo explicaron los geniales publicistas de Aquarius: La gente hace lo que le da la gana. Y así surge la tecnología. Cuando no es útil, desaparece por sí misma. Si el invento es útil, la gente lo emplea, y crece. La gente cambia sus hábitos. Apareció el coche, y los fabricantes de carruajes de caballos tuvieron que reconvertir su negocio o desaparecer y dedicarse a vender pipas. Apareció el ordenador y los fabricantes de máquinas de escribir tuvieron que reconvertirse o dedicarse a vender pipas. Y así sucede y sucederá siempre. Intentar ir contra esa corriente, contra esa marea que forma un conjunto social mayoritario es una batalla perdida de antemano. Si se toca mucho las narices a la gente, esta acaba organizándose en partidos políticos, como el Partido Pirata sueco, que ya es una de las fuerzas políticas mayoritarias allí. Creo que la tercera en votos y la quinta en número de militantes. Sin embargo los empresarios, esos mismo que manejan a los políticos como marionetas, intentan detener el progreso. Intentan que no se venda el coche para seguir fabricando y vendiendo carruajes. Ellos mismos. Son los que no quieren subirse al tren de la tecnología, que huelen a rancio y pretenden que todos los demás olamos a lo mismo. Pero van perdiendo, y acabarán perdiendo catastróficamente. En los noventa empezaron su batalla particular, (recuerden el caso Napster), y tras casi quince años siguen en el mismo sitio. No han invertido en nada, salvo en intentar ponerle puertas al campo. No han admitido la realidad. Nosotros, los usuarios nos movemos, y cada minuto que pasa, es un minuto que estamos más lejos de su postura inmovilista. Es un minuto que tarde o temprano, ellos tendrán que recuperar porque subirse al tren es inevitable. Los empresarios que cantan llaman delincuentes a sus propios fans. Los que se llevan la pasta muerta cobran por tener derecho a hacer una copia que ellos mismo impiden que se haga con elementos anticopia. Y eso sí, patalean y hacen a los demás patalear. Manejan a políticos que se desgastan de cara a sus votantes sólo para demorar un poquito más coger el tren. Y lo acabarán cogiendo. Es inevitable. No es que hayan perdido, como dice Luisgé Martín, la batalla publicitaria. No señor. Han perdido la batalla tecnológica. Y por una necedad difícilmente evaluable. Así que ahora que apechuguen con las consecuencias.

Con el cine pasó algo parecido. Los exhibidores subieron los precios hasta convertir en una inversión que una familia con dos niños vaya al cine. Además, redujeron la oferta dramáticamente y a eso se sumó la creciente mala educación del público asistente (de esto no tienen la culpa los exhibidores, claro). Pero cargaron contra sus propios clientes y los llamaron borrachos. Es el recurso de la pataleta cuando se tienen menos luces que una lancha de contrabando y la realidad te abruma, y no sabes cómo atajarla. Reconocer los errores es más difícil que señalar con el dedo al primero que pase por delante. Además tuvieron la mala suerte de que aparecieron televisiones de tamaños astronómicos, y medios de reproducción con una calidad asombrosa. Y relativamente asequibles. Y vinieron a darle la puntilla los distribuidores de DVDs, que sacaban un disco, y al mes siguiente sacaban el mismo disco con extras por dos euros más. Y la gente empezó a enviarles el mensaje de que se metieran tanto la versión normal, como la extendida, por donde amargan los pepinos.

Las televisiones hicieron tres cuartos de lo mismo. Emiten contenidos de formato 16:9 recortados a 4:3, en vez de ponerle las puñeteras bandas negras a las que estamos acostumbrados en las pelis del oeste. Así que la gente empezó a pasar de la tele y a bajarse las series y los documentales de Internet, donde están disponibles integrando el video en formato panorámico, tal como se emite en EE.UU. con el audio doblado español.

Con los libros está empezando a pasar igual. Los editores y libreros consideran que el ebook no es un libro. Y como tal lo han dejado a un lado en la última edición de la Feria del Libro de Madrid. La misma miopía que mostraron los empresarios de la música cuando apareció el mp3 a mediados de los 90. Luego, no faltará mucho, se quejarán de que los escritores se mueren de hambre. ¿Los escritores de libros que no son libros? Los libros tienen tiradas cada vez más cortas, y de hecho ya empiezan a ponerte ojos picudos cuando preguntas por un libro de hace cinco años. Sin embargo las editoriales pretenden secuestrar dichas ediciones. Que sea poco menos que imposible acceder a ellas mientras conserven el copyright. ¿No deberían firmar un contrato que, del mismo modo les garantiza la explotación comercial de un título, garantizasen dichas compañías la disponibilidad de dicho título? No, eso jamás estarían dispuestas a firmarlo. Y claro, como lo que les mueve, como a todos los demás, es el vil metal, prefieren negar la mayor y decir que los ebooks no son libros, y mirar para otro lado. Mientras tanto, los ebooks son una realidad y circulan, aunque a alguna ministra le resulte asustante.

En definitiva, quienes tienen que hacer los deberes, no los hacen, de modo que los consumidores nos buscamos la vida como buenamente podemos. Y somos muchos, así que es fácil que siempre haya alguien a quien se le ocurra una idea. Un invento. Un apaño. Así que ahí estamos los usuarios, que ante la inacción de los proveedores de contenidos, nos acostumbramos ya en su día a consumir la música en formato mp3, sin que nadie hiciese nada salvo insultarnos. Nos acostumbramos después a consumir el cine o los documentales en formato DivX sin que nadie hiciese nada salvo insultarnos. Y ahora nos acostumbramos y acostumbraremos a consumir ebooks sin que nadie haga nada salvo insultarnos. Y cuando llevemos años consumiendo así, cuando los empresarios lleven años sin mover un dedo por integrarse en la tecnología, entonces vendrán corriendo a decirnos que lo que durante años hemos tenido gratis por su inacción, ahora nos lo van a cobrar.

Así que dado el panorama y la actitud del señor Luisgé, lo esperable será otro artículo en el que se declare ecologista defensor de los fabricantes de bolsas de plástico. Así tal cual.

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