25 dic. 2007

Monsieur Hulot


Una escena de Play Time (1967)
Pensar en Jacques Tati es ver a Monsieur Hulot, un señor siempre muy educado, de clase media-baja, vestido de gris, con pantalones pesqueros por los que asoman unos inefables calcetines, sombrero algo chafado, abrigo largo, pipa y paraguas. Hulot es ese señor entrañable a través del cual Tati nos introducía en el fantástico mundo del modernismo futurista absurdo de los años sesenta. Con un casi mágico dominio del color, provocando contrastes entre el aburrido urbanismo brutalista gris y monótono, que oprime a unas masas de personas que se mueven casi a un mismo son, opuesto al colorido de sus calcetines, del hogar del propio Hulot o de cualquier elemento que Tati quisiera resaltar. Lo mismo sucede con los coreográficos movimientos de los actores, el magistral juego de planos que vinculan escenas aparentemente inconexas entre sí, la musicalidad con que están montados los efectos de sonido, o unos encuadres y movimientos de cámara que rayan en la poesía. Todo en el cine de Tati parece ser intencionado, desde la forma secuencial en que cuatro individuos cierran las portezuelas de sus coches uno tras otro, a los colores que se emplean para paredes y suelo. Desde el tamaño de un perro hasta la apertura de una cremallera.

Las películas de Tati, y más concretamente la serie de Hulot (Les vacances de Mr. Hulot, Mon oncle, Cours du soir, Play Time y por último Trafic) son sin duda una obra mastra del cine a mi juicio poco valorada e injustamente olvidada con demasiada frecuencia. De todas ellas mi preferida es sin duda Play Time, en la que se representa el futurista mundo urbano de las oficinas de grandes multinacionales, las ferias de muestras y en general la vida urbana imperante en los años sesenta. La maravillosa coreografía del empleado del mostrador de la aerolínea, o los despropósitos de Hulot con el, en ocasiones absurdo mobiliario minimalista producen un continuo humor universal, ya que la película (como otras muchas de Tati) carece prácticamente de diálogos, lo que hace que sin tener ni idea de francés, uno pueda verla en su versión original y no pierda ni un ápice de su esencia. Quizá ese humor universal que trasciende la palabra fue el gran legado de Tati, esa maestría para hacer reír más allá del diálogo, del doble sentido o del chiste. Ese reírse de lo absurdo que crea nuestra sociedad, demoliendo sin piedad pero con humor los valores imperantes por la moda, de lo estético o la tendencia. Merci, Monsieur Hulot. Merci, Jacques Tati.

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