11 feb. 2008

¿Predestinados?

Una de los muchos temas que inspiran en mí profundas y recurrentes reflexiones es el determinismo, o indeterminismo. No obstante es este un tema que ha atormentado a propios y ajenos, quizá desde que el mundo es mundo y desde que alguien pensase no ya de dónde venimos, sino hacia dónde vamos, y por tanto, si se podía elegir ese destino. Hace apenas unos días coloqué un artículo con el brevísimo cuento de Cocteau "El gesto de la muerte", que me ha inspirado numerosas meditaciones en este sentido. En él un hombre intenta huir de su destino sin saber que realmente su huída le dirige precisamente hacia aquello de lo que quiere huir. Hace aproximadamente un año publiqué las cinco primeras entregas (la sexta y última sigue procrastinada en estado de borrador) de la serie sobre Inteligencia Artesanal, en la que me permitía el lujo de jugar con el determinismo e indeterminismo que diferencia (o no) nuestra existencia de la de una máquina creada por el hombre. En definitiva, esta es una cuestión que da mucho de sí, y sobre la cual probablemente no será la última vez que escriba.

En muchas ocasiones nos sucede precisamente aquello que pretendíamos evitar, y a veces la caprichosa fortuna me hace caer en la paranoia de que las acciones evasivas no han hecho sino contribuir a la consecución de ese destino que se pretendía fintar. ¿Realmente somos dueños de nuestro destino? ¿Es simplemente una burla más de Forer haciéndonos ver aquello que queremos ver en mitad de la tribulación?

Proclamar la existencia de un Dios creador y planificador que todo lo controlaba ya supuso para los prototeólogos de hace miles de años un problema de peliaguda solución: Alguien predetestinado por los designios de Dios no tenía más que abandonarse a aquello que más le apetecía, seguro de que su destino ya estba dictado. Podía robar, matar o simplemente vegetar sin trabajar en nada, que su destino, en manos del Todopoderoso, acabaría por cumplirse fuese cual fuese. Esto eliminaba de un plumazo el concepto de "sacrificio" promulgado por los sacerdotes y a su vez ponía en grave confrontación la religión y la aceptación de un ser supremo, con la incipiente economía, el orden social y unas mínimas reglas de convivencia. Era preciso hacer que los mortales "se lo currasen", siendo de ese modo premiados con un destino feliz, o castigados con otro terrible. Por eso fue necesaria la invención del concepto de "libre albedrío", que encajaba con calzador la indeterminación humana en mitad del determinismo universal de la voluntad divina. Ahora eran los humanos quienes podían tomar las riendas de su destino con sus actos ("Por sus actos los conoceréis").

En este viaje mío hacia el destino ha influido mucho la física teórica. A raíz de la lectura de las teorías de Einstein, Penrose o Hawking, entre otros, me quedó medianamente claro que, al menos desde el punto de vista teórico que era posible viajar en el tiempo. Pero cada sentido de viaje tiene sus propios inconvenientes: Viajar al pasado parece fácil, ya que el pasado es algo definido y concreto. Conocemos nuestro pasado y sabemos lo que nos encontraremos viajando a un punto del mismo, pero nos plantea problemas como la paradoja del abuelo. Si viajamos al pasado y matamos a nuestro abuelo antes de que concibiese a nuestro padre... ¿Quién estaría matando al abuelo, si el asesino jamás habría nacido? (Ya tocará hablar de las teorías de Hawking para "proteger" el pasado). Viajar en el otro sentido, hacia el futuro, nos ofrece la libertad de no tener nada que proteger. Pero por contra desconocemos qué nos encontraremos y además hallamos la inquietante hipótesis de los "futuros posibles". Es decir, que viajamos hacia un futuro posible del abanico de que disponemos. Si es así, evidentemente cabría pensar con alivio en cierto indeterminismo al estar en nuestra mano elegir, al menos dentro de ese abanico de lo posible, qué alternativa tomar. Si por contra tenemos a nuestra disposición cualquier futuro posible, hacer ese viaje a un "posible futuro" sería tan absurdo y errático como jugar a la lotería. ¿Qué sentido tiene viajar a un "posible futuro" si no tenemos la certeza de que verdaderamente será ese "el futuro"? Podríamos viajar a un posible futuro, ver la combinación ganadora de la lotería, volver al pasado y soplársela a nuestro "yo presente" para que mejorase sensiblemente nuestra situación económica. Pero ese futuro en el que resulta premiada esa combinación sólo es uno de los posibles, luego al fin y a la postre, daría igual que se le dijésemos a nuestro "yo presente" la combinación ganadora, o que directamente jugásemos una combinación al azar...

Y hablando del azar. Hay un hecho que siempre me ha atormentado (por decirlo de algún modo). Es lo que yo llamo "Teoría de la falsa sensación de azar". ¿Existe realmente el azar? Aparentemente sí, ¿verdad? Estamos acostumbrados a pensar que un suceso azaroso es aquel en el que, repitiendo las condiciones de partida, el resultado del mismo es impredecible, o al menos no dependiente de las condiciones de partida. Una tirada de un dado, una tirada de una moneda, etc. Pero esto no es sino una concepción simplista de dicho suceso, ya que ¿realmente podemos repetir las condiciones iniciales? Evidenemente no, ya que las moléculas presentes en el aire, que median entre el dado y la mesa han cambiado de lugar; La posición de la Luna respecto de la Tierra, de la Tierra respecto del Sol, etc. habrán variado con lo que las fuerzas que actúan sobre la moneda o el dado de turno no son las mismas que en la primera tirada, pudiendo inclinar la balanza en una mínima medida, pero suficiente para invalidad aquello de "mismas condiciones de partida". La única forma de repetir con rigor las condiciones iniciales de la prueba serían, dando una vuelta de tuerca más, viajar al pasado al preciso instante de la tirada de dados anterior y repetirla. Pero dado que es el pasado, el resultado de la tirada sería (debería ser) el mismo una y otra vez por más veces que repitiésemos la prueba. El mismo que ya conocemos. El mismo que conservamos en nuestra memoria. Luego... ¿Realmente existe el azar? ¿Es esta imposibilidad de azar la prueba irrefutable de que vivimos una simulación informática? (Ya que un ordenador es una máquina determinista en la que no es posible el azar). ¿De qué forma influiría la inexistencia del azar en nuestra determinismo o indeterminismo?

En este juego de la prederminación, hay una película que el otro día vi y comentaba con Almudena: Gattaca. En esta verdadera obra de culto (al menos para mí), una persona completamente predestinada, con un futuro dictado por algo tan firme como sus genes, lucha contra su propio destino para cambiarlo, convencido de que no somos sino lo que creemos que somos. Convencido de que nuestros límites nos los imponemos nosotros mismos. Y así, lucha para alcanzar algo que, teóricamente le está vetado. Algo que realmente está fuera de su abanico de "posibles futuros". Y vence.
¿Sabes por qué lo conseguí? Porque nunca me reservé nada para la vuelta.
Vincent A. Freeman, alias Jerome Morrow

1 comentarios. Deja alguno tú.:

Adaísa Orelom dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
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