28 feb. 2008

Faraonismo

La tumba de Sadat, en El Cairo. (foto Wikipedia)

Una de las cosas que llaman mucho la atención del Egipto moderno es que en medio siglo de independencia ha tenido tan sólo tres presidentes, y todos ellos (a excepción del actual) han muerto en su cargo. Es lo que yo llamo faraonismo. Al igual que los antiguos faraones, los actuales presidentes de Egipto perduran como tales hasta su muerte. Gamal Abdel Nasser fue presidente de la República de Egipto desde 1953 hasta que un ataque al corazón acabó con su vida en 1970. Le sucedió inmediatamente Anwar al Sadat. Que ejerció su mandato desde el mismo 1970 hasta que en 1981 muriese durante un desfile militar por soldados integristas de su propio ejército. Inmediatamente heredó el poder Hosni Mubarak, que aún permanece en el cargo. Esto, que por un lado parece una anomalía democrática, no hay que dejar de admitir que ha traído un período de estabilidad y prosperidad a Egipto del que los propios paisanos hablan con los ojos vidriosos.

Quizá son los propios egipcios quienes tienen arraigado este comportamiento no sólo cuando llegan al poder, sino también cuando lo aceptan. No en vano hay que tener presente que aproximadamente el 85% de la población egipcia son descendientes de los antiguos habitantes del Egipto faraónico, y que sólo un14% son de raza árabe, procedente de las invasiones islámicas, quedando un 1% de antiguos griegos de la etapa ptolemaica.

Pero el faraonismo no se manifiesta sólo en esta perpetuación del poder, sino en una auténtica idolatría por parte del pueblo hacia su presidente. Cuando un presidente está en el cargo, las ciudades están permanentemente llenas de efigies del mandatario, en forma de carteles o murales, muchas veces creados por propia iniciativa de los ciudadanos. Es un comportamiento muy similar al que tenían los faraones del Antiguo Egipto que durante su mandato sembraban el territorio de estelas, obeliscos y estatuas que les hiciesen referencia como una especie de omnipresencia. Cuando un presidente cae, se le recuerda con cariño pero se retira la mayoría de dichos retratos para ser sustituidos por los de su sucesor, de un modo muy similar al que ocurría en muchas ocasiones en el antiguo reino del Nilo.

Pero el colmo del faraonismo es sin duda la tumba de Anwar al Sadat que hay en El Cairo. Es un monumento funerario con forma de pirámide (como no podía ser de otro modo) que forma un único conjunto con el monumento al soldado desconocido. Se encuentra ubicada exactamente al otro lado de la calle de donde se sitúa la grada permanente donde se sitúa el presidente de Egipto durante los desfiles militares, y donde murió abatido Sadat.

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