28 abr 2009

Abortografía

Yo antes escribía con faltas de ortografía. Palabra. Ahora no cometo ninguna, pero recuerdo alguna de las últimas que erradiqué. Por ejemplo, que allá por 1994 me corrigieron en un área de Fidonet "en hechar, lo primero que hay que echar, es la hache". Puedo jurar que no volví a escribir hechar. Y como esa, muchas más. Por esa misma época escribía "tí", o "ví" o cosas parecidas. El caso es que leyendo y leyendo, y siendo corregido también, fui puliendo mi ortografía y actualmente no cometo ninguna, y no son pocos los amigos extranjeros estudiantes de español que me han utilizado como corrector del idioma coloquial. Porque además de escribir bien, me encanta corregir aquellos errores que detecto. Hoy en día sin embargo veo montones de personas de todas las edades y condiciones que escriben terriblemente mal. ¿Qué ocasiona esta debacle cultural?

Por un lado, no me cabe duda de que gran parte del problema es la desgracia en que ha caído la llamada cultura general en términos sociales. La cultura general, considerando como tal aquella que la generalidad de la gente aprendía en el colegio, pasó de aprender la infumable lista de los reyes godos, latín, los afluentes por la izquierda y por la derecha de cada río de España, las capitales de todos los países del mundo y la lista de las preposiciones, a desconocer dónde está Ciudad Real en un mapa de España, y eso alguien que sacaba buenas notas (caso verídico). Vivimos una sociedad en la que queda bien no saber multiplicar porque uno "es de letras". En que se llama "pedante" a todo aquel que muestra algún atisbo de formación académica. Una época en la que no importa cómo se escriba porque "se me entiende". Y cosas parecidas. Hace un siglo, habría sido del todo impensable que una persona que no sabe cuándo ponerle tilde a "él" ocupase un cargo de responsabilidad. Hoy en día no dejo de ver correos electrónicos (algunos de personas "relevantes" que parecen escritos por un alumno de primaria, con tildes donde no deben estar, y ausentes donde deberían aparecer, por no hablar de algún "¡asta hay podíamos llegar!" (si no has visto nada raro en esa frase, deja de leer ahora) como he llegado a ver con mis propios ojos. Es el fenómeno de los Hoygan. Recuperando la seriedad, es como si el espíritu renovador que inundó España en los setenta hubiese querido borrar todo lo anterior, independientemente de su naturaleza. Como si todo lo vigente antes del 20N de 1975 hubiese de ser dado la vuelta por sistema en un, creo yo, mal entendido liberalismo. Pero está claro que yo he vivido esa misma época y que contemporáneos y mayores míos (por no hablar de los menores) dan muestras a veces de aberraciones ortográficas y gramaticales que claman al cielo. ¿Dónde está la diferencia?

Y he llegado a la conclusión de que el secreto es la motivación. Un espíritu de superación innato en mí que me ha hecho siempre intentar por todos los medios no cometer dos veces el mismo error. A veces intentar no cometerlo ni siquiera una sola vez. Ni en el campo de la ortografía, ni en ninguna otra faceta de mi vida. Ese espíritu por el que sentía una increíble rabia por dentro cada vez que alguien me decía algo parecido a aquello de "En hechar, lo primero que hay que echar es la hache."

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