11 jun. 2005

Recuerdos desde lejos

Hay recuerdos que uno tiene de cuando es muy pequeño, que vuelven a la mente muchos años después, sin saber muy bien por qué vuelven, y sin saber muy bien qué tienen de especial para haber soportado el paso del tiempo. Es el caso de Agustín, el guarda de un garaje en el que mi padre aparcaba su recién estrenado Citroën GSA X3 color azul, y es también el caso del garaje en sí.

Recuerdo aquel garaje de dos plantas y oscuros rincones donde la verdosa y mortecina luz de los fluorescentes no se atrevía a adentrarse. Recuerdo aquellas paredes encaladas, bañadas de una pátina grisácea producto del hollín que dejaban atrás los cientos de coches entrando y saliendo, como recuerdo de su presencia. Aquellas paredes eran empleadas por Agustín como improvisada pizarra, rayando con su uña para dejar asomar el níveo color subyacente a la mugre, y así hacer cualquier gráfico que necesitase (un croquis de un accidente de tráfico, un plano de cómo llegar a una calle...) ahorrando de este modo papel y bolígrafo.

Recuerdo aquellos aviones de radiocontrol abandonados por un señor del que no recuerdo su nombre, pero sí que tenía mucho dinero, y que una vez nos invitó a comer un fin de semana en Miraflores, en su chalet imponente donde pasaba los otros fines de semana. Recuerdo que uno de ellos era un Spitfire, y miraban, arrumbados en aquel remetido de la primera planta (la de las plazas caras) a aquel niño que se pirraba por los aviones que habría dado cualquier cosa por poseerlos.

Mi padre, siempre presto a establecer relaciones interpersonales, acabó trabando cierta amistad con Agustín, que llegó a invitarnos a pasar un fin de semana en el viejo caserón que tenía en Toledo, fin de semana que pasamos entre olivos e injertos, o a la sombra que producía el patio de la casa. Recuerdo que me costó dormirme en aquella fría habitación, y a la mañana siguiente Agustín me dedicó una frase que por su construcción, sorprendió a aquel niño de menos de diez años. "Es que extrañas la cama, chaval."

Recuerdo en aquel garaje la rampa que, frente a la entrada bajaba en "L" hacia la derecha, recubierta con unas baldosas de antideslizantes pináculos muy útiles para evitar que los coches resbalasen, pero que eran un infierno de vibraciones cuando las bajaba en mi monopatín, sentado, por supuesto, ya que jamás conseguí erguirme sobre él.

Recuerdo el piso de abajo, donde las plazas eran más baratas (aún no me explico por qué) y donde mi padre guardaba el coche. En aquel piso inferior aprendí yo a montar en bicicleta, a las órdenes de un expeditivo padre que entre risas, gritaba desde el extremo "si te caes, te parto las piernas", harto ya de que su hijo (que ya era bien mayorcito) siguiera montando en bici con los apoyos. Y yo, sin el socorro de aquellas ruedecillas, pedaleaba sin parar con una emoción que me emborrachaba, rayando entre el miedo horrible a caerme y la satisfacción inconmensurable producida por la sensación de libertad que me daba montar en bici "como una persona mayor".

Justo enfrente de la entrada, y en un voladizo sobre la rampa, estaba la cabina de Agustín. Me encantaba el olor a papel mojado que allí había siempre, aunque no recuerdo que hubiese jamás papel mojado. Era un lugar especial, con una desvencijada silla con asiento de mohosa gomaespuma recubierta de aquel "símil piel" del que eran los sillones de mis abuelos y que cuando se desgastaba dejaba ver el entramado de tejido que llevaba debajo. La cabina tenía un inmenso ventanal que daba a la rampa y a la entrada, desde la que el can Cerbero, en este caso Agustín, controlaba la entrada y salida de vehículos, pero a mí se me antojaba el puente de una nave espacial. Bajo la ventana, un gran tablero hacía las veces de mesa para depositar los innumerables cuadernillos de crucigramas y periódicos que allí almacenaba Agustín. Bajo aquel tablero, un radiador de aquellos que tenían una especie de tubo fluorescente que se iluminaba de color rosa, dando calorcito en las noches de invierno.

Recuerdo el ingenioso artilugio anexo a la cabina de Agustín, y que aguardaba pacientemente atornillado a la pared, a que se le diese un uso que jamás se le daba. Se trataba de un secador de trapos, consistente en dos rodillos que, engranados en unas ruedas dentadas, eran accionados por una única manivela, y que, metiendo entre ellos un trapo húmedo y por efecto de la manivela, lo presionaban sin piedad hasta extraerle hasta la última gota de agua, pudiendo servir, acabado el proceso, para volver a secarse las manos casi como si hubiese estado tendido al sol. Pero el uso que a mí más me gustaba darle, a hurtadillas, ya que me estaba prohibido accionar la manivela por temor a que me pillase los dedos, era meter una bola de papel arrugado y darle con fuerza a la manivela (costaba mucho trabajo), hasta que salía por el otro extremo un óvalo de papel, perfectamente plano, que casi podía usarse para escribir en él.

Recuerdo cuando Agustín me hacía rabiar diciéndome que yo no había podido hacer aquel dibujo que yo había corrido a enseñarle, casi con el mismo cariño con el que habría corrido hacia otro tío. Hacia mi tío Agustín.

Agustín tuvo además otro papel importantísimo en mi vida. Tenía dos hijas, Mariluz y Belén. La primera llegaba cada mañana a mi casa, después de que mis padres hubiesen salido al trabajo, y antes de que yo me hubiese despertado. Y recuerdo que me despertaba cada día, me preparaba el desayuno y me llevaba al colegio dando un paseo de unos diez minutos. Cuando Mariluz, estudiante de veterinaria, tenía exámenes y no podía venir, acudía su hermana, Belén, algo menor, y estudiante de Químicas, para que mi hermana y yo pudiésemos acudir puntuales a las nueve de la mañana al colegio, preparándonos el desayuno, y acompañándonos al mismo paseo de diez minutos hasta la verja pintada de negro que custodiaba mi colegio. A mí no me importaba que Belén fuese casi quince años mayor que yo. Yo estaba locamente enamorado de ella, a lo que había que añadir la incertidumbre de no saber nunca cuándo sustituiría a su hermana.

Un buen día, nos cambiamos de casa, de barrio, y ya no fue necesario aquel garaje, que servía de nexo entre mi vida y la de Agustín. Y aunque no le volví a ver, tampoco le eché de menos con aquellos nueve años. Le había conocido con cinco. Pero siempre que pasaba al lado del portal de su casa, en un pequeño bajo de la calle Federico Rubio, casi enfrente de la casa de mi compañero del colegio Fernando Herrero, pensaba: "la casa de Agustín".

Supe que Agustín murió hace unos años, pero vivirá en mis recuerdos.

1 comentarios. Deja alguno tú.:

vickiglori dijo...

Un poco más arriba de la casa de Agustín, por la misma calle de Federico Rubio (y Galí) hasta su sinuoso encuentro con la Avenida del Santo Ángel de la Guarda, había un parque gigantesco, el de Don Quijote. No sé si era tan inmenso, o es que yo era muy pequeña cuando solía ir allá cada semana con mi abuelo, con quien solía pasar allí las horas muertas buscando tréboles de cuatro hojas, jugando al escondite o colgándome boca abajo de las barras de los columpios (ésto último yo sola, claro, y según el arte que aprendí a base de descalabros durante los recreos en el colegio, mucho antes de que a alguien se le ocurriera la idea estúpida de cubrir el suelo de las zonas infantiles con una absurda cobertura gomosa que, eso sí, desde entonces, ha venido ahorrando mucho presupuesto en mercromina). Pero me estoy desviando del tema... Yo quería hablar del parque de DOn Quijote. Pues eso. El verano pasado, un día que me pilló en la ciudad que me vió nacer y crecer, se me ocurrió volver allí, después de casi veinte años. Y se me cayó el alma a los pies. No es sólo que ahora sea un poco más alta. Es que, por lo visto, las nuevas construcciones de los alrededores han ido comiéndole extensión, hasta hacer de aquélla inmensidad verde, con riachuelo incluído, un mísero trocito de tierra y cesped con unos pocos bancos y un par de columpios. El parque de Don QUijote, como Agustín, también ha muerto. Y también vivirá siempre en mi memoria.

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