14 jun. 2005

Del centro del mundo a la insignificancia absoluta

A lo largo de la Historia de la Humanidad, entendiendo como tal desde que el hombre es hombre, antes incluso de que empezase a escribir, puede apreciarse desde casi los inicios un deseo de conocer el entorno. Una especie de convicción de formar parte de un todo de mayor entidad, lo que hoy llamamos "el Mundo". Y desde esos mismos inicios se buscaron referencias a y desde ese "Mundo" conocido, que al principio se circunscribía al valle en el que vivía o a la planicie que alcanzaba la vista. Poco a poco, llegó algún viajero que traía noticias de otros lugares. Alguien que se aventuraba a cruzar las montañas para visitar el valle de al lado, como el hombre de Ötzi. Gente misteriosa que contaba que más allá todo era igual, había árboles, ciervos, ríos, piedras... Poco a poco se pudo viajar más rápido. Cada vez llegaban noticias de más lejos, y las gentes empezaron a preguntarse dónde estaba el Centro del Mundo. Algo tan importante como el sitio en el que se vive tenía que tener un centro, una espina dorsal. Todo lo que conocían tenía un eje principal (que para unas culturas era la cabeza, para otras el corazón, y para otras el ombligo). Había que encontrar el ombligo del Mundo. El ser humano, curioso por naturaleza buscó y buscó, sin hallar centro alguno. En la búsqueda se topó con verdades incontestables. El Mundo dejó de ser plano para ser esférico. El centro del Mundo dejó de estar en Jerusalén (para la Cristiandad) para estar en el centro de la Tierra. Todo lo que había sobre nuestras cabezas dejó de girar sobre nuestras cabezas, y el centro de todo lo conocido se trasladó al Sol. Pero se descubrieron nuevas estrellas que nos acompañaban, y vimos que no éramos sino parte de una galaxia, la Vía Láctea. Y se descubrieron "nebulosas" que con la mejora de los telescopios se vio que en realidad eran otras galaxias como la nuestra. El centro, ya no del mundo, sino del universo, se alejaba más y más. Hace unas décadas comenzaron a descubrirse nuevos planetas en otros sistemas distintos al nuestro, con lo que nuestro sistema solar dejaba de tener nada de especial. El escurridizo centro de Todo se aleja y se aleja dejándonos cada vez en una posición más insignificante.

Hoy he leído una noticia que a pesar de no desvelarme nada nuevo, ha inducido esta reflexión.

Porque este egocentrismo que nos caracteriza y nos ha caracterizado a la especie humana desde el inicio de los tiempos, es el que hace que pensemos que todo bicho viviente pensaría como nosotros. En nuestra defensa diré que el egocentrismo citado no es tal, sino la capacidad de empatía, exclusiva (que se sepa) del ser humano y de algunos primates, y que es la que nos ha permitido llegar a donde hemos llegado. Pensamos que poseemos LA INTELIGENCIA, y que por tanto todos los seres inteligentes han de compartir con nosotros las mismas inquietudes. Pensamos que todo ser inteligente, al igual que lo hacemos nosotros, mirará al cielo y se preguntará qué hay allí. Pero puede que esto no sea así. Puede que miren hacia adentro y se pregunten qué hay allí, o puede que no se pregunten nada en absoluto. El hecho de que asociemos inteligencia a la constante formulación de preguntas que nos rodea no es sino una muestra de nuestra limitada capacidad intelectiva, ya que no concebimos otra inteligencia que no sea como nosotros la vemos, la vivimos, la concebimos. Y del mismo modo que pueden existir formas de vida que nosotros no reconoceríamos como tales (sabemos que un insecto-palo o una planta-piedra son seres vivos porque nos lo han contado, ya que si no, los tomaríamos por palo o piedra). Quizá nuestro egocentrismo como especie no sea sólo a nivel geográfico, sino también a nivel intelectual.

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