14 nov. 2007

Calzoncillos de emergencia

Sí, joder. Tengo unos calzoncillos de emergencia. Hoy una buena amiga maña se tronchaba de la risa cuando le hablaba de ellos. No, no están en un armarito de cristal con el armazón rojo y un letrero estampado en el vidrio que diga "Rómpase en caso de emergencia". No es eso. Son algo viejos, tienen pelotillas y la goma floja, pero te sacan de un apuro cuando por pura desidia te tiras una semana procrastinando la colada. Entonces un día (como hoy), a las siete y pico de la mañana sales de la ducha, y en pelota abres el cajón y está vacío. "Me cago en la puta." Te vas al tendedero con la esperanza de que quede colgando alguno olvidado, y en la penumbra descubres que no es tu día de suerte. "Me cago en la puta." Vuelves al cajón de marras y lo vuelves a abrir por si el sueño te hubiese jugado una mala pasada. "Pero me cago en la puta." Lo siguiente que uno hace es quedarse pasmado mirando la infinita vacuidad del cajón abierto, y luego se reacciona. Ante semejante panorama siempre te planteas ir a pelo. A fin de cuentas, con los vaqueros tampoco pasa nada, y no se nota (demasiado). Y de todos modos para notarlo te tienen que mirar el paquete. Para mirarte el paquete será una tía (ojalá), y si se percata de que aquello abulta de modo raro, igual hasta puedes sacar partido de la circunstancia (no te lo crees ni tú). Aunque también puede mirarte el paquete un tío y... Recompongámonos: Siete y diez de la mañana. Un hombre desnudo, con la espalda mojada (¿por qué siempre se nos olvida secarnos la espalda?) y medio dormido, plantado frente al tendedero busca en la penumbra y torpemente (y con escaso éxito, todo sea dicho) dos calcetines iguales o al menos del mismo color. Eso si hay calcetines (también los tengo de emergencia). Lamentablemente en el tendedero no hay calzoncillos y estábamos en el momento en que nuestro héroe se plantea seriamente la posibilidad de ir a pelo a trabajar. En estas, tras una apertura frenética de varios cajones aparece, al fondo de un cajón un calzoncillo polvoriento, lleno de pelotillas, con la goma floja y horrible. No es sábado noche sino miércoles mañana, y las posibilidades de enseñarle el calzoncillo a nadie son ínfimas, así que el hallazgo del calzoncillo parece equiparable a lo que sintió Howard Carter al mirar dentro de la tumba de Tutankamón ("veo cosas maravillosas"). Y tan ufano te plantas el andrajoso harapo, te pones los vaqueros y sales zumbando diciéndote. "Me cago en la puta. Esta misma tarde pongo la lavadora por mi padre."

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