28 feb 2008

El poder de Dios

Ni siquiera Dios puede hacer que no sea lo que ya ha sido.

Frontera natural

Cuando uno bucea en Google Maps, llaman la atención las zonas verdes. O quizá más que las zonas verdes, su distribución. Estas zonas, algunas verde oscuro, y otras verde claro se corresponden a espacios protegidos de diversa consideración. Las oscuras suelen ser Parques Nacionales, Naturales o Regionales. En verde claro aparecen parques periurbanos, u otros espacios de diferente protección. Pero lo verdaderamente curioso, como decía, es la distribución de estos espacios. Es habitual que en zonas de montaña se concentren con mayor profusión los espacios protegidos. Sin embargo, a veces nos encontramos con la cruda realidad de cómo se protege la Naturaleza, cuando ésta se ejercita desde distintos estamentos oficiales. Empecemos por lo mejor de lo mejor. La créme de la créme. Y citando sólo un ejemplo. En Francia, al sur de Burdeos hay una zona que comprende el Parque Natural Regional de los Grandes Lagos de Gascuña, y a su alrededor espacios protegidos de diversa consideración, sumando un área superior a la Comunidad Foral de Navarra. Los españoles siempre usamos a Francia como el espejo en el que mirarnos, pero esta vez mirarnos al espejo nos saca los colores. Si miramos comunidades autónomas como Cataluña, Valencia o el País Vasco, vemos que su protección de espacios naturales es masiva. Otras comunidades con especial presión demográfica y urbanística, como la de Madrid se han esforzado en la gestión de los espacios naturales, contando, junto a inmensas áreas urbanas, espacios protegidos (que todo sea dicho no siempre se respetan como sería de desear). Llama la atención que autonomías con una renta per cápita tradicionalmente baja (y ya se sabe que la protección del medio ambiente se suele dejar para cuando sobran los duros), como Castilla-La Mancha, o Andalucía tienen una protección increíblemente extensa sobre todo en zonas montañosas o singulares como la parte del Sistema Ibérico correspondiente a Guadalajara, Sierra Nevada, la desembocadura del Guadalquivir o la serranía de Ronda.

Sin embargo se aprecia claramente quién no ha hecho los deberes. Siempre me ha llamado la atención que una comunidad autónoma como Castilla y León, el mayor espacio subnacional de la Unión Europea, no disponga de espacios protegidos más allá de los impuestos por la administración del estado. Es curioso que Soria, una provincia montañosa de gran exhuberancia natural es una isla de protección medioambiental entre Guadalajara y La Rioja. Tanto es así que se puede seguir la frontera entre las distintas comunidades autónomas sólo atendiendo a dónde hay espacios protegidos y dónde no los hay. La ladera norte de todo el Sistema Central (sierras de Gredos, Guadarrama, Béjar y Somosierra) carece por completo de protección, a diferencia de la ladera sur, que queda dentro de la Comunidad Autónoma de Madrid y castellanomanchega. Lo mismo sucede con Asturias, gran parte de Galicia, Cantabria o Aragón. La protección ambiental no siempre conviene a determinados estamentos políticos, que ven en dicha cuestión un obstáculo a ciertos intereses, algunos urbanísticos, otros económicos que impiden que determinados parajes se salvaguarden del expolio y el abuso.

Faraonismo

La tumba de Sadat, en El Cairo. (foto Wikipedia)

Una de las cosas que llaman mucho la atención del Egipto moderno es que en medio siglo de independencia ha tenido tan sólo tres presidentes, y todos ellos (a excepción del actual) han muerto en su cargo. Es lo que yo llamo faraonismo. Al igual que los antiguos faraones, los actuales presidentes de Egipto perduran como tales hasta su muerte. Gamal Abdel Nasser fue presidente de la República de Egipto desde 1953 hasta que un ataque al corazón acabó con su vida en 1970. Le sucedió inmediatamente Anwar al Sadat. Que ejerció su mandato desde el mismo 1970 hasta que en 1981 muriese durante un desfile militar por soldados integristas de su propio ejército. Inmediatamente heredó el poder Hosni Mubarak, que aún permanece en el cargo. Esto, que por un lado parece una anomalía democrática, no hay que dejar de admitir que ha traído un período de estabilidad y prosperidad a Egipto del que los propios paisanos hablan con los ojos vidriosos.

Quizá son los propios egipcios quienes tienen arraigado este comportamiento no sólo cuando llegan al poder, sino también cuando lo aceptan. No en vano hay que tener presente que aproximadamente el 85% de la población egipcia son descendientes de los antiguos habitantes del Egipto faraónico, y que sólo un14% son de raza árabe, procedente de las invasiones islámicas, quedando un 1% de antiguos griegos de la etapa ptolemaica.

Pero el faraonismo no se manifiesta sólo en esta perpetuación del poder, sino en una auténtica idolatría por parte del pueblo hacia su presidente. Cuando un presidente está en el cargo, las ciudades están permanentemente llenas de efigies del mandatario, en forma de carteles o murales, muchas veces creados por propia iniciativa de los ciudadanos. Es un comportamiento muy similar al que tenían los faraones del Antiguo Egipto que durante su mandato sembraban el territorio de estelas, obeliscos y estatuas que les hiciesen referencia como una especie de omnipresencia. Cuando un presidente cae, se le recuerda con cariño pero se retira la mayoría de dichos retratos para ser sustituidos por los de su sucesor, de un modo muy similar al que ocurría en muchas ocasiones en el antiguo reino del Nilo.

Pero el colmo del faraonismo es sin duda la tumba de Anwar al Sadat que hay en El Cairo. Es un monumento funerario con forma de pirámide (como no podía ser de otro modo) que forma un único conjunto con el monumento al soldado desconocido. Se encuentra ubicada exactamente al otro lado de la calle de donde se sitúa la grada permanente donde se sitúa el presidente de Egipto durante los desfiles militares, y donde murió abatido Sadat.

102 galletas

Recuerdo el caso, supuestamente real que me contaron (me fio de la fuente) del abuelete que acude al geriatra diciendo:
— Me tomo la medicación, lo que no puedo es llegar a comerme las 102 galletas. Cuando llevo más de 30 me resulta muy difícil seguir.
El médico, atónito le responde:
— ¿102 galletas? ¿Pero qué dice usted por Dios?
— Sí, usted me anotó en la receta que me tomase la pastilla con 102 galletas, mire. —Le tiende el papel al médico
— Caballero, ¡aquí pone que se tome la pastilla con 1 ó 2 galletas!

Mírala, mírala...


Cuando Yaiza me dijo el otro día que la acompañase a aquel sitio, no me podía imaginar ni por asomo que tenía estas vistas. No suele verse la Puerta de Alcalá desde este ángulo normalmente. Lástima de cámara. Sólo tenía a mano el móvil.
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