15 ago. 2013

Indignarse es garantía de éxito

Vivimos en una época judicializada. Esto trasciende a la órbita estrictamente judicial, ya que impregna la sociedad en su conjunto en una dinámica de reivindicación permanente por ofensas más o menos justificadas. Uno de los primeros ejemplos que recuerdo fue si no recuerdo mal en los albores de este siglo, en un famoso anuncio de Boccata. El anuncio, que yo llegué a ver en televisión, hacía una parodia de la vida en el campo como una actividad dura y en cierto modo desagradecida. Mis abuelos, gente de campo, veían el anuncio con gracia diciendo que aquello, no que no dejaba de ser un sketch, era muy cierto. Los animales son tozudos, las gallinas no se dejan coger y hay que perseguirlas por el corral, el trabajo es duro, de sol a sol y mal pagado. Quizá por eso la gente dejaba el campo masivamente para acudir a la ciudad.

Y digo que llegué a ver el anuncio en televisión porque duró poco. Una asociación de agricultores de  Cataluña, si no recuerdo mal, elevó una queja y Boccata decidió retirar cautelarmente el spot. Aquello fue, como digo, de las primeros ejemplos. Desde aquel anuncio hace quizá más de una década vivimos una vorágine de indignaciones a diestro y siniestro por la cual un colectivo más o menos organizado eleva una protesta por este u otro motivo. Esa política corporativa de responder pronta y cautelarmente ante las quejas (retirando el anuncio), como si la mera queja fuese una carta de cese y desistimiento, cuando no ha ido acompañada realmente de una acción judicial, ha convertido las indignaciones varias en una especie de mantra a respetar sin rechistar por el resto de la sociedad (si han quitado el anuncio, será que los que se quejaban tenían razón), sociedad que aprendía la lección para cuando se viese en el trance.

Cada vez que un colectivo se indigna por algo parece por parte de algunas personas de obligado cumplimiento el recoger dicha protesta y hacerla propia sin cuestionar nada en absoluto, quizá pensando "si se han quejado, por algo será". Y lo cierto es que es una práctica nefasta, por varias razones. La primera porque la indignación pasa a convertirse en la forma por defecto de expresar que algo no le gusta a un colectivo, desplazando así el ejercicio crítico de si esa queja es legítima o no. En segundo lugar porque aumenta (no hace falta decirlo), la crispación social. No me es ajeno que mucha gente se exaspera de dicha indignación automática, por no hablar de aquellos que sufren sus consecuencias. Publicistas caminan con pies de plomo porque cualquier cosa que digan o hagan podrá ser utilizada en su contra ante un tribunal, y el miedo tiene un gran poder. Nadie quiere en su despacho a alguien que provoca denuncias en contra, aunque no prosperen, por el desgaste económico y moral que implican. También porque produce una banalización de la justicia convirtiéndose en una especie de juego de lotería en el cual se ponen denuncias por afrenta contra la imagen con la esperanza de que algún día toque una jugosa indemnización. Por último porque pasa a utilizarse para simplemente generar publicidad. Cuando determinados colectivos no consiguen el eco mediático adecuado, nada mejor que buscar un chivo expiatorio y plantar una denuncia, por dudosa que sea, por sentirse agraviados. Esto es algo que ha utilizado sistemáticamente la Asociación de Víctimas del Terrorismo o el autodenominado sindicato Manos Limpias. Como derivada de todo esto, lo que se produce en algunos sectores de la sociedad en su conjunto (entre los cuales debo reconocer que me incluyo) es una cierta "tolerancia" (en el sentido médico del término) ante estas quejas. Cuando veo que un colectivo se ha indignado por eso o aquello me resulta imposible que no acuda a mi mente el pensamiento "ya están otros que les habrá molestado otra chorrada". Y ésto es algo realmente negativo a mi entender ya que pueden perderse en el océano de mojigatería reclamaciones perfectamente legítimas que deberían ser escuchadas.

Lo importante, creo yo, es no perder la perspectiva y ante cualquier reclamación de este tipo vaya por vía judicial o sea una mera noticia en los medios, juzgarla como ciudadano con frialdad y analizando las razones objetivas de indignación y si dicha indignación es lícita. Ofenderme me puedo ofender por cualquier cosa que se me antoje, pero considerar que los calcetines verdes son una afrenta a mi integridad y al colectivo que represento, por las razones que sean, no puede significar que se estigmaticen los calcetines verdes sin más discusión, porque eso convierte la sociedad en una auténtica dictadura del pueblo (y las dictaduras son malas todas, aunque sean del pueblo) en la cual, conociendo los resortes a tocar, sería facilísimo imponer cualquier voluntad.

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