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28 ene 2007

Inteligencia artesanal (III). Bits emocionales. Bits sociales.

Inteligencia Artesanal

  1. Soñando con ser Dios
  2. ¿Inteligente tú?
  3. Bits emocionales. Bits sociales
  4. F.A. Filosofía Artificial
  5. Génesis: Readme.txt

Nota preliminar: Hasta ahora he intentado llegar a una definición de compromiso para el concepto de inteligencia. Como colofón a la última entrega, planteé una serie de interrogantes que hilvanaban la inteligencia con las emociones dejando en el aire la forma en que interactúan, así como su teórica interdependencia mutua. También dejé colgando la relación entre inteligencia y sociedad, así como el valor de la tutela durante el período de aprendizaje. En esta ocasión intentaré ahondar en las emociones como parte esencial de la interacción de un ser vivo y de su cercanía hacia nosotros, lo cual puede ser un hecho fundamental para que lo consideremos inteligente. Por otro lado analizaré las implicaciones sociales durante el período de aprendizaje del sistema inteligente.

Además de la inteligencia el ser humano tiene otra característica que reconocemos en nuestros similares y que un robot o cualquier otro ser artificial no tiene: Emociones. Lo cierto es que las emociones se han llevado la peor parte de este asunto, ya que han sido despreciadas por la comunidad científica, a las que otorgaban un segundo plano (supongo que su corta visión de este asunto era que no era propio de aguerridos muchachotes tener emociones, y no era digno de ser estudiado lo que no fuese propio de aguerridos muchachotes).

Las emociones, al igual que la inteligencia intuíamos en la última entrega que no es exclusiva del ser humano, parecen no ser tampoco patrimonio nuestro. Es evidente que muchos animales muestran una respuesta emocional clara. Un perro puede verse influido, incluso negativamente, por sus emociones hacia su entorno. Así es como un perro puede incluso dar su vida por salvar la de su amo, cuando ningún instinto ni tampoco ningún razonamiento le induciría a ello (seguramente su amo no haría lo recíproco). No obstante el perro siente un apego hacia quien le alimenta que le lleva más allá de la propia supervivencia.

En un brillante artículo titulado “Why Robots will have emotions” y publicado en el Cognitive Science Research Paper número 176, de junio de 1981 (hace la friolera de 26 años), el entonces profesor de Inteligencia Artificial y Ciencia Cognitiva (ahora está retirado) de la Universidad de Sussex, Aaron Sloman, establece entre otras cosas que “la necesidad de desenvolverse en un mundo cambiante y parcialmente impredecible hace que sea muy probable que cualquier sistema inteligente con múltiples motivaciones y capacidades limitadas tenga emociones”. Las implicaciones de este aserto son increíbles y realmente simples en su concepción. En ese sentido podemos afirmar (y yo estoy de acuerdo con Sloman) que las emociones son inherentes a cualquier sistema inteligente y además su intensidad irá en consonancia con el grado de inteligencia. Así, los robots del futuro puede que nos amen a nosotros, e incluso entre ellos (recuerdo R.U.R. con los robóticos Adán y Eva), pero también podrán odiarnos.

Pero aún hay más: Todo sistema inteligente requiere un proceso de aprendizaje en el que podemos considerar que el sistema aún no está maduro. Durante este proceso, que puede ser más rápido o más lento, el sistema inteligente precisa de un “tutelaje”. Esto es algo que sabemos que se da ya en los sistemas inteligentes que conocemos. Desde una gata enseñando a cazar y velando por la seguridad de sus cachorros, hasta los 34 años que, según las encuestas, los españolitos medios se quedan bajo la tutela de papá y mamá. Además, la segunda derivada de este hecho es que parece claro que la duración de dicho período de tutelaje es directamente proporcional a la complejidad y/o capacidades del sistema inteligente. Así, los 34 años de hoy en día es una pasada, pero en eras anteriores de la Historia, una cría humana permanecía bajo el cuidado de sus padres hasta los 15 ó 16 años, edad en la que, o bien se casaba (si era una hembra), o bien se establecía por su cuenta (si era un macho). Estamos hablando de 15 años. Todo un récord en el mundo animal. Por ello cabe preguntarse. Si llegamos a una sociedad en la que los sistemas inteligentes engendren otros sistemas inteligentes, ¿Cómo se comportarán entre ellos? ¿Cabe preguntarse si establecerán una sociedad paralela de iguales, no integrada con la sociedad humana? Bueno, esto raya la ciencia ficción y por ello lo dejaré en el aire hasta la última entrega de esta serie que dedicaré prácticamente por entero a dejar volar la imaginación.

No obstante el establecimiento de una sociedad tiene implicaciones mucho más complejas. Por ejemplo. En muchas ocasiones, nuestra sociedad sacrifica a un individuo en virtud de un “bien común”. En un ejemplo muy simplista y al margen del Derecho, un policía puede tomar la determinación de matar a un asesino antes de que siga matando. O en un caso más extremo. Imaginemos a un Dr. Jeckyll suicidándose ante la imposibilidad de controlar a Mr. Hyde. Estaría transgrediendo todas las normas en favor de un bien común, de un bien social. Aquí es donde entramos en el resbaladizo terreno de una ética o incluso una moral artificial que rija este tipo de situaciones. ¿Serán capaces los sistemas inteligentes de generar una moral del mismo modo que la hemos generado y que llegado el caso, les haga rebasar los límites de la individualidad para mejorar la comunidad? ¿Tendrán los sistemas inteligentes del futuro esa idea de “comunidad”? ¿Es positivo que la tengan? ¿Puede afectarnos negativamente la existencia de una nueva “especie” que nos supere en capacidades? Si es suficientemente inteligente la teoría dice no debería pero, ¿y si no lo es?

Llegados a este punto parece bastante claro que inteligencia y emociones son un binomio si no inseparable, difícilmente divisible habida cuenta de lo mencionado a respecto de la generación de las emociones

23 ene 2007

Inteligencia artesanal (II). ¿Inteligente tú?

Inteligencia Artesanal

  1. Soñando con ser Dios
  2. ¿Inteligente tú?
  3. Bits emocionales. Bits sociales
  4. F.A. Filosofía Artificial
  5. Génesis: Readme.txt

Nota preliminar: En la primera entrega intenté hacer un breve recorrido de lo que ha supuesto la creación de seres animados al tiempo que la creación de inteligencia a lo largo de la historia del hombre, lo cual ha sido una constante para el ser humano independientemente de la época o lugar. Esto nos da pistas sobre una característica humana independiente de la cultura e inherente a la propia existencia del hombre, y quizá también pistas sobre la propia inteligencia humana. En esta segunda parte analizaré en profundidad el concepto de inteligencia y sus implicaciones, así como nuestra capacidad para medirla o incluso definirla.

Antes de hablar de inteligencia artificial, hemos de definir la inteligencia natural o inteligencia a secas, lo cual es una tarea nada fácil. Por otro lado difícilmente podremos crear inteligencia si no sabemos medirla o definirla. Sería como el chiste del hombre que caza gamusinos, pero que no sabe cómo son hasta que cace uno.

El principal problema que parece aquejar a nuestra inteligencia es que si bien sabe discernir con relativa facilidad si un comportamiento es o no inteligente, (y por eso sabemos que un robot de una fábrica de coches no lo es), tiene sin embargo serios problemas para definir la inteligencia. Es decir, la inteligencia parece, por el momento, incapaz de definirse a sí misma. De referenciarse a sí misma. (Lo cual no es nada descabellado, teniendo en cuenta la teoría auto referencial, de la que hablaré más adelante) Además, una consecuencia directa de este hecho es que no podemos establecer un patrón con el que comparar. ¿Puede un tonto medir cuán inteligente es un listo? Si no sabemos con certeza qué es la inteligencia, ni sabemos cuáles son sus límites, parece claro que los problemas no vamos a encontrarlos sólo en la propia demarcación de lo que es la inteligencia, sino en la medición de la misma.

Si un barómetro de la inteligencia comúnmente aceptado es jugar bien al ajedrez, cualquier ordenador doméstico es una lumbrera. Lo cierto es que para jugar muy bien al ajedrez no hace falta ser inteligente en absoluto, sino tener buena memoria para recordar jugadas similares y su mejor resolución, o bien para mantener en mente las mejores jugadas de las que se van probando, o ambas cualidades. Estos dos métodos son los que emplea cualquier autómata para ganarnos al ajedrez. Y es que una de las cosas en las que cualquier ordenador nos gana de largo es en memoria y velocidad de procesamiento.

Por otro lado, nuestros métodos para medir la inteligencia son realmente de risa. Cualquiera que haya hecho alguna prueba para medir el Cociente de Inteligencia se habrá percatado de que cualquier ordenador lo tendría chupado para solucionarlo en un tiempo récord. Los ordenadores son relativamente buenos hallando patrones (este es uno de los campos punteros en investigación, y dedicaré un artículo íntegro a ello más adelante), y en la búsqueda de patrones se basan la mayoría de las pruebas que uno puede encontrar en Mensa, además de otras como cálculo rápido, etc. Vamos, chupao para un ordenador…

Por lo que parece nuestros métodos sólo sirven para aplicarlos a nosotros mismos, y con salvedades. (Hay mucha controversia sobre la fiabilidad de los sistemas de medición del Cociente de Inteligencia). Así, nuestro método de medida no nos permite hallar la inteligencia de un delfín, y nos falsea el resultado cuando el test lo hace un ordenador, que de inteligente no tiene nada. Sólo es rápido y con buena memoria pero no sabe hacer nada que no se le haya dicho previamente que puede hacer.

Así las cosas, parece un contrasentido o un esfuerzo vano y fútil que nuestra inteligencia intente comprenderse a sí misma. Esto es lo que llamamos un sistema auto referencial y en la práctica resulta un sin sentido, ya que implicaría colocar nuestra inteligencia en un nivel de abstracción superior a sí misma, para comprender sus propios engranajes. ¿Se considera inteligente un robot? ¿Y una musaraña? Seguramente en su nivel se consideran muy inteligentes, y seguramente serían absolutamente incapaces de vernos a nosotros como más inteligentes que ellos, ya que nuestra inteligencia (bajo nuestro punto de vista) supera la suya, por lo que la suya es incapaz de comprender un nivel superior. A este respecto hay un fabuloso e interesantísimo libro que, aunque denso como él solo por los conceptos tratados, es realmente majestuoso a la hora de comprender si algún día llegaremos a entender por qué somos inteligentes, cómo somos inteligentes, o incluso si realmente somos inteligentes. El libro, para los valientes, es “Gödel, Escher, Bach: Un eterno y grácil bucle” de Douglas R. Hofstadter. No te asustes con el grosor y eso sí, tómalo en pequeñas dosis.

Sin embargo y a pesar del desolador panorama no todo está perdido. Al menos así lo creo yo. Tradicionalmente el ser humano se ha imbuido de una soberbia que le ha hecho autodiferenciarase del resto de animales a los que llamaba “irracionales”, considerándose a sí mismo la cúspide de la creación y autodenominándose, en un alarde de inconmensurable vanidad, como homo sapiens. Hoy en día sin embargo parece mayoritaria en la comunidad científica la opinión (a la que me adhiero) de que la inteligencia (de una u otra forma, de uno u otro modo, de uno u otro tipo) está presente en prácticamente cualquier animal de sangre caliente, y muy probablemente, aunque más difícil de detectar, en cualquier ser vivo de este planeta. Quizá nuestra dificultad o incluso total incapacidad para identificar y reconocer esas otras inteligencias como tales, no sea sino un signo más de las limitaciones de la nuestra. Hoy en día nadie dudaría que un perro es inteligente. Puesto ante un problema sabe solucionarlo. Sabe tomar la mejor decisión (a su juicio) para resolverlo. Sabe levantar un cajón para hallar lo que hay debajo, etc. De la misma manera, bajando evolutivamente a animales más simples, se han hecho experimentos que han demostrado que las aves pueden resolver problemas de relativa complejidad hallando igualmente solución a los mismos, soluciones que no cabe la menor duda de que no estaba preprogramada. En una ocasión vi un interesante experimento en el que se colgaba de un cable de la luz, un hilo largo con comida en su extremo. Un cuervo no podía coger la comida en vuelo, así que halló la solución para hacerse con ella: Se posó en el grueso cable, y fue tirando del largo hilo, que sujetaba progresivamente con una pata, hasta que lo recogió por completo accediendo así a la comida cuando quedó a su alcance. Este tipo de comportamientos en los que un ser halla la solución a un problema, tomando la decisión correcta y no guiado por un instinto, es en mi opinión el denominador común de la inteligencia.

Vamos acercándonos. Bajo mi humilde punto de vista creo que una buena definición de inteligencia, (de una inteligencia y no de la inteligencia), podría ser “la capacidad para encontrar soluciones a problemas no predeterminados mediante la toma consciente de decisiones”. Eso es a fin de cuentas lo que ha caracterizado a todos los seres vivos que han poblado este planeta desde los primeros seres unicelulares y parece que con éxito, ya que les ha permitido evolucionar hasta nosotros, y si tomamos como cierta la Teoría de la Evolución, parece que la inteligencia tal como nosotros la conocemos, consiste en la capacidad de enfrentarse con éxito a los problemas que encuentra un ser vivo y a la toma de decisiones que le hacen tener éxito y dejar descendencia. Los menos capacitados, física o intelectualmente, se han quedado en el camino. No obstante, sabemos realmente poco acerca de la inteligencia de seres muy alejados de nosotros en términos evolutivos y no sabemos cuáles son los procesos intelectivos que rigen el comportamiento de, por ejemplo, un escarabajo, si realmente decide o si simplemente se basa en instintos, los cuales sí parecen preprogramados desde el nacimiento y por tanto no podrían o no deberían ser considerados inteligencia.

No obstante a todo lo dicho y como reflexión final, diré que hoy por hoy desconocemos hasta qué punto influyen las emociones (de las que aún no hemos hablado) en la inteligencia. El ámbito emocional, tradicionalmente alejado del cerebro (hogar de la inteligencia) se asociaba con el corazón desde tiempos antiguos considerándolo alejado de la razón, el saber y la mente. Sin embargo la comunidad científica parece ir aceptando cada vez más a las emociones como una parte más de nuestra respuesta cerebral (aquí resulta interesante “El alma está en el cerebro” de Eduardo Punset) y por tanto ligadas de alguna manera a la mente y al cerebro. Por otro lado, las últimas tendencias en el conocimiento e investigación de la conciencia humana nos hablan de una inteligencia emocional, lo que no hace sino complicar aún más el escenario. ¿Son las emociones una consecuencia inherente de la inteligencia? ¿Puede tener emociones un ser no inteligente? ¿Y puede un ser inteligente carecer de emociones? ¿Cuán importante es el papel que juegan las emociones en las decisiones de los seres inteligentes? Por último, no puedo dejar en el aire la inteligencia social. La capacidad de cualquier ser inteligente viene de la mano de un tutelaje social llevado a cabo generalmente por los mayores. No parece casual entonces que conforme avanzamos en la cadena evolutiva, ese tutelaje sea más cercano y duradero cuanto “más inteligente” es el organismo. Una gata enseña a sus gatitos a cazar, cosa que no hace una araña. Nosotros vamos mucho más allá y tutelamos a nuestras crías durante años. La inteligencia parece tener también un importante condicionamiento social.

Inteligencia artesanal (I). Soñando con ser Dios

Inteligencia Artesanal

  1. Soñando con ser Dios
  2. ¿Inteligente tú?
  3. Bits emocionales. Bits sociales
  4. F.A. Filosofía Artificial
  5. Génesis: Readme.txt

Nota preliminar: Me puse a escribir un artículo sobre inteligencia artificial un buen día de enero (ayer), y cuando me quise dar cuenta la extensión que iba tomando me hizo pensar que nadie en su sano juicio iba a leerse semejante tocho de mi cosecha, pudiendo leer la misma extensión de texto de cualquier autor encumbrado, así que lo he segmentado para favorecer su lectura y facilitarme a mí la tarea de estructurarlo.

Uno de los mayores anhelos del ser humano desde sus inicios (además de volar) ha sido jugar a ser Dios. Intentar crear un ser inteligente y autónomo más o menos a su imagen y semejanza. No obstante a nuestra concepción actual de un ser animado de creación humana, no siempre ese anhelo tuvo esa apariencia y estaban dotados de un mayor o menor grado de inteligencia y autonomía. Y como fruto de este sueño, tenemos hoy en días dos disciplinas que van, aunque no siempre, de la mano

Tenemos, por ejemplo, la leyenda hebrea del golem, que podemos datar en torno al año 1000 a.C. o incluso antes, y que viene a ser en la tradición popular judía, un humanoide hecho de barro (y en algunas versiones también de excrementos) que cobra vida mediante un hálito mágico de la misma forma en que lo hace Adán en el Génesis.

La mitología griega y el mundo helenístico son ricos en las creaciones de seres animados artificiales. La leyenda nos cuenta que la estatua de Galatea que construyó Pigmalión, rey de Chipre, y de la que se enamoró hasta que finalmente la estatua cobró vida tras los ruegos del rey a Afrodita. También sabemos que Hefestos tenía a su servicio una corte de graciosos duendecillos hechos de oro y metales preciosos que le ayudaban en su fragua, si bien algunos tenían forma de mesa o simlares, en vez de humanoide. En el mundo de la ciencia aplicada encontramos varios ejemplos de automoción práctica o al menos estudios de carácter científico, de la mano de Herón de Alejandría o de Arquitas de Tarento entre otros, con interesantes aplicaciones de la energía del vapor.

En ambas orillas de la bahía de Baffin y del estrecho de Davis, los inuit aún creen y desde hace siglos en la existencia de los tupilaq: Seres antropomorfos creados ad hoc por un chamán que pueden ser (y normalmente son) empleados para matar a un enemigo a modo de ninja un tanto cutre. No obstante, los tupilaq tienen el inconveniente de que si no aciertan con su misión y el enemigo los captura, lejos de autodestruirse, el objetivo puede reprogramarlos y enviárnoslos de vuelta con intenciones similares hacia nosotros.

En el siglo XVI el genial Juanelo Turriano se paseaba por Toledo acompañado por su hombre de palo, al que empleaba para pedir limosna, labor que él mismo consideraba indigna, pero a la que se veía abocado por la imperdonable morosidad de su patrón, el magno y cesáreo Emperador Carlos. Según cuentan las leyendas populares toledanas, el hombre de palo caminaba por sus propios medios junto a su creador y cuando se le daba una limosna dedicaba una graciosa reverencia al dadivoso.

Casi tres siglos más tarde, Johann Mälzel hacía giras por toda Europa con el jugador de ajedrez que había comprado a los herederos de su creador, von Kempelen (imprescindible lectura es el corto relato sobre este autómata, por Edgar Allan Poe y titulado “El jugador de ajedrez de Maelzel”). El ingenio, consistente en un autómata con aspecto de turco sobre un mueble con un tablero de ajedrez y que ganaba sin piedad a cuantos se enfrentaban a él, estuvo rodeado de controversia porque algunos afirmaron que en el cajón había un enano o un tullido sin piernas. Lo cierto es que este extremo nunca se probó, y Mälzel abría las compuertas del armario que aunque extrañamente estaba prácticamente vacío, el espacio era tremendamente reducido incluso para un hombre sin piernas. Aunque la creencia hoy día es que realmente el autómata ajedrecista era un fraude, no deja de ser una muestra más del anhelo de crear un ser artificial e inteligente.

Prácticamente contemporáneo a las andanzas de Mälzel se publicó “Frankenstein”, de Mary Shelley en el que, como casi todo el mundo sabe, el doctor en medicina Victor Frankenstein intenta recrear en su laboratorio de Viena a su propio golem no con barro, sino a base de partes de otros cuerpos y animándolo, esta vez no ya con un aliento mágico, sino con el último de los logros del ser humano del momento: La electricidad.

Nuestro término actual, robot, proviene del checo robota, que significa siervo. (A propósito del checo, diré que es un idioma muy divertido en el que hay palabras con un montón impronunciable de consonantes juntas, como el nombre de la ciudad de Plzeň de donde procede la cerveza tipo pilsen, o la ciudad de Brno , o en el que hay palabras como Dvorak que se pronuncia algo así como “borsya”, que no me pregunte nadie de dónde sale la "s" o la "y"). En 1920 aparece la obra “R.U.R.” (Rossumovi univerzální roboti en checo o Robots Universales Rossum) de la mano del escritor checo Karel Čapek en la que se emplea por primera vez que se sepa, el término robot en el sentido actual, y en la que además, se presentan cadenas de montajes de robots, manejadas por robots. La obra se amnbienta en lo que podría ser una distopía en la que una fábrica de “personas artificiales” (de nombre R.U.R.) es manejada íntegramente por otras “personas artificiales”, mientras los seres humanos no necesitan trabajar. En un momento determinado los robots y robotesas se toman conciencia de la explotación a la que son sometidos y se rebelan contra sus amos. Los robots establecen un nuevo orden mundial y aniquilan a la especie humana excepto a uno de los empleados al que mantienen con vida para que recupere la “fórmula para crear robots”, perdida durante el asedio a la factoría R.U.R. El empleado, llamado Alquist se muestra incapaz de recrear la fórmula y la obra acaba con los dos protagonistas robóticos, Primus y Helena enamorándose a modo de unos nuevos Adán y Eva.

Cuando tras más de dos años de rodaje, se estrena en 1927 la “Metrópolis” de Fritz Lang, protagonizada por una guapa robotesa, presenta en su distopía paralelismos importantes con la obra de Čapek.

Durante el siglo XX ya resultan incontables los ejemplos de inteligencias artificiales dentro o fuera de robots que han poblado el universo del cine. Desde el hilarante hasta en el nombre Gort, compañero fiel del piloto Klaatu de “Ultimátum a la Tierra” (1951) hasta el peligroso HAL 9000 de “2001: Una odisea del espacio” (1968), pasando por la versión robótica de Laurel & Hardy “encarnados” en C3PO y R2D2 de “La guerra de las Galaxias” (1977), el entrañable Número 5 de “Corto circuito” (1986) o el inquietante Joshua de “Juegos de Guerra” (1983) (¿una partida de ajedrez, profesor Falken?) sin dejarnos en el tintero a “Terminator" (1984), por citar tan sólo unos pocos ejemplos.

Sin duda alguna, dentro del universo de la ficción científica, el autor que más se ha ocupado del tema, con las implicaciones filosóficas que conlleva crear seres animados con conciencia propia a los que, teóricamente se explota en un régimen rayano a la esclavitud, ha sido mi admirado Isaac Asimov. Creo firmemente que “Yo, robot” debería ser un clásico de obligada lectura en todas las clases de filosofía ya que plantea en forma de relatos cortos, dilemas ético-morales de peliaguda solución basados en un código moral tan simplista como lo son “Las tres leyes de la Robótica”, por lo que es fácil para el estudiante tomarlo como base para comprender la complejidad de la toma de decisiones en códigos morales más intrincados como el que tenemos los humanos.

Sin embargo hoy en día los robots están muy presentes en nuestras vidas, si bien difieren mucho de los que aparecen en las películas. Los robots que vemos en una cadena de montaje de automóviles no son inteligentes (al menos no mucho).Ya dije al principio que inteligencia artificial y robótica no van necesariamente de la mano. Hablar de robots en el sentido más romántico de la palabra, implica necesariamente hablar en profundidad de qué significa la expresión inteligencia artificial.

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