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Subproductos y diarreas mentales producidas por diversos excesos de índole cognitiva.
2 sept 2010
¿Golfo de México o Bahía de James?
17 ago 2010
Metasolicitando...
Ibertrola es auténticamente KAFKIANA. Para hacer una solicitud hay que solicitar la solicitud, y además la citada metasolicitud es un obscuro documento que no está al alcance de nadie. Hay que solicitar que a uno le envíen por correo o fax (el correo electrónico no es una opción) la solicitud para solicitar el cambio de titular, ya que según me informa la amable señorita que me atiende "estuvo disponible un tiempo en la web, pero ya no está". Sin embargo aunque he solicitado la metasolicitud alrededor de media docena de veces, esta no llega nunca. Sin duda la dirección es correcta, ya que las facturas arriban religiosamente con puntualidad británica. Quizá están probando si realmente deseo con fuerza la metasolicitud, y sólo me la enviarán tras solicitarla una docena de veces. Es como intentar entrar en una logia masónica. No se puede dejar entrar a cualquiera que lo pida en un calentón. Lo que para el agua o el gas me ha llevado una llamada de 10 minutos, con Ibertrola se dilata durante semanas y semanas...
16 ago 2010
El porqué de la distribuciones del teclado
Acaban de anunciar en la radio que a las 12 desvelarían el misterio de la colocación de las teclas de un teclado de ordenador. "¿Por qué no están por orden alfabético, que sería lo lógico?" se quejaba un entrevistado, en el anuncio.
La respuesta, lejos de misteriosa, es muy sencilla y está relacionada con lo que llamamos la "backwards compatibility". Las teclas de un ordenador están colocadas así, porque es la misma colocación que en un teclado de una máquina de escribir. Y en un teclado de máquina de escribir tenían una colocación tan dispersa por una razón de ingeniería.
Por si no se recuerda cómo eran las primeras máquinas de escribir a finales del siglo XIX, recordaré que consistían en una serie de varillas con un macillo en la punta de cada una, en el que estaba el tipo, o letra a imprimir. Las varillas estaban dispuestas en forma de media luna, de tal manera que al moverse, todas confluyesen en un punto, que era el punto en el que debía escribirse el siguiente carácter.
Al pulsar una tecla, la varilla correspondiente era lanzada contra el papel, volviendo luego a su posición mediante un muelle con un contrapeso. Este movimiento de vaivén requería cierto tiempo, y provocaba que, si se escribía a gran velocidad, pudieran confluir dos varillas en su recorrido, quedando trabadas e interrumpiendo la escritura, teniendo que deshacerse manualmente el atasco. Esta situación era más probable cuanto más cerca se situasen ambas varillas. Dado que la posición de las varillas estaba directamente relacionada con la posición de las teclas, se resolvió que era más operativo separar lo más posible aquellas letras que eran más usadas, para disminuir la probabilidad de confluencia, y del consiguiente bloqueo. Esta distribución, de hecho podía variar (y varía), en función del idioma que se hable, ya que como es lógico, hay determinadas letras que son más frecuentes en unos idiomas que en otros. Así, nació la disposición QWERTY (por las letras de la parte superior izquierda del teclado), nacida en los países de habla inglesa, y usada en la mayoría del resto de países, incluida España. Alemania creó su distribución QWERTZ que respondía mejor a sus necesidades, así como Francia se decantó por una distribución AZERTY.
Con la aparición de las últimas máquinas de escribir, las de margarita, y las electrónicas (que no tenían varillas), el problema del bloqueo de las mismas ya no se daba, pero una vez se habían creado hábitos de escritura, y había academias de mecanografía por doquier, no parecía lógico cambiar la disposición del teclado. Al aparecer y popularizarse la informática, la disposición de teclado se heredó directamente de las de las máquinas de escribir. No parecía muy lógico reeducar a todos los mecanógrafos a usar una nueva forma de escritura.
Además de las mencionadas, hubo (y hay) otras disposiciones de teclado, como la Dvorak, adorada por sus usuarios, pero esto es otra historia.
La respuesta, lejos de misteriosa, es muy sencilla y está relacionada con lo que llamamos la "backwards compatibility". Las teclas de un ordenador están colocadas así, porque es la misma colocación que en un teclado de una máquina de escribir. Y en un teclado de máquina de escribir tenían una colocación tan dispersa por una razón de ingeniería.
Por si no se recuerda cómo eran las primeras máquinas de escribir a finales del siglo XIX, recordaré que consistían en una serie de varillas con un macillo en la punta de cada una, en el que estaba el tipo, o letra a imprimir. Las varillas estaban dispuestas en forma de media luna, de tal manera que al moverse, todas confluyesen en un punto, que era el punto en el que debía escribirse el siguiente carácter.
Al pulsar una tecla, la varilla correspondiente era lanzada contra el papel, volviendo luego a su posición mediante un muelle con un contrapeso. Este movimiento de vaivén requería cierto tiempo, y provocaba que, si se escribía a gran velocidad, pudieran confluir dos varillas en su recorrido, quedando trabadas e interrumpiendo la escritura, teniendo que deshacerse manualmente el atasco. Esta situación era más probable cuanto más cerca se situasen ambas varillas. Dado que la posición de las varillas estaba directamente relacionada con la posición de las teclas, se resolvió que era más operativo separar lo más posible aquellas letras que eran más usadas, para disminuir la probabilidad de confluencia, y del consiguiente bloqueo. Esta distribución, de hecho podía variar (y varía), en función del idioma que se hable, ya que como es lógico, hay determinadas letras que son más frecuentes en unos idiomas que en otros. Así, nació la disposición QWERTY (por las letras de la parte superior izquierda del teclado), nacida en los países de habla inglesa, y usada en la mayoría del resto de países, incluida España. Alemania creó su distribución QWERTZ que respondía mejor a sus necesidades, así como Francia se decantó por una distribución AZERTY.
Con la aparición de las últimas máquinas de escribir, las de margarita, y las electrónicas (que no tenían varillas), el problema del bloqueo de las mismas ya no se daba, pero una vez se habían creado hábitos de escritura, y había academias de mecanografía por doquier, no parecía lógico cambiar la disposición del teclado. Al aparecer y popularizarse la informática, la disposición de teclado se heredó directamente de las de las máquinas de escribir. No parecía muy lógico reeducar a todos los mecanógrafos a usar una nueva forma de escritura.
Además de las mencionadas, hubo (y hay) otras disposiciones de teclado, como la Dvorak, adorada por sus usuarios, pero esto es otra historia.
12 jul 2010
¿Y ahora qué se hace?
Jamás he sido especialmente aficionado al fútbol. Desde pequeño era más de chapas y canicas, de jugar a liebre, o a indios y vaqueros, a la guerra, o a tirarme globos de agua. Mis deportes eran otros y los practicaba a instancias de mis padres (que quisieron que aprendiese a nadar antes que a caminar), no el en recreo sino por mi cuenta.
Jamás hice una colección de cromos de la liga, jamás escuché los partidos por la radio ni los comenté los lunes al llegar al colegio, al instituto, a la universidad o a la oficina. Me consideraba mero simpatizante Real Madrid por ser "el equipo de mi pueblo" (para disgusto de mi abuelo Juan que era colchonero a muerte), pero jamás fui capaz de nombrar una alineación, fuera parte de cuatro o cinco jugadores que trascendían lo deportivo. Recuerdo a Suker, al que vi en su mercedes saliendo de Puerta de Hierro con Ana Obregón un día que sacaba al perro a pasear, y cosas parecidas.
Sin embargo siempre, desde pequeño, me animaba a ver los partidos internacionales, heredando la sosegada afición que se respiraba en casa. Recuerdo haber visto con mi padre el España-Malta, el épico partido del 12-1 y el "gol de Señoooooooooor" y esas cosas. Recuerdo haber hecho la colección de cromos del mundial de México 86 (el primero del que fui realmente muy consciente). Recuerdo el mundial de Italia 90 del que vi algún de España junto a Carlos Berzosa en la cafetería de profesores de la entonces Facultad de Económicas y Empresariales, en Somosaguas. Recuerdo el mundial de USA 94, el de Francia 98, el de Corea y Japón 2002 que vi en la oficina, con el partido que nos robaron los surcoreanos. El de Alemania 2006... Y siempre veía los partidos con una ilusión moderada, consciente de ser aficionado de un equipo mediocre que jamás ganaba y que quizá jamás ganaría el Mundial.
Recuerdo una pregunta de un gachó, uruguayo él, que me asaltó por ICQ allá a finales de los noventa, seguramente coincidiendo con el mundial del 98, preguntándome por qué España, que tenía la liga nacional más importante del mundo, jamás había tenido un puesto relevante en el campeonato del mundo, más allá de cuartos de final. No supe responderle...
La española no era una selección ganadora, no era una selección que no ganase porque quedase subcampeona. ¡Qué va! Era una selección que siempre tenía un papel mediocre que ni siquiera se acercaba al triunfo. Recuerdo presenciar cómo se proclamaban campeones países de los llamados "clásicos". Brasil, Alemania, Francia... Y ahora, de repente, he visto cómo aquel equipo de camiseta roja, la misma camiseta roja que vestía Naranjito, al que animaba aquel niño, levanta ese trofeo dorado, que hasta ahora ocupaba uno de esos cromos plateados de los álbumes de Figurini Panini. Ahora España es campeona del mundo. ¿Y ahora qué se hace?
Jamás hice una colección de cromos de la liga, jamás escuché los partidos por la radio ni los comenté los lunes al llegar al colegio, al instituto, a la universidad o a la oficina. Me consideraba mero simpatizante Real Madrid por ser "el equipo de mi pueblo" (para disgusto de mi abuelo Juan que era colchonero a muerte), pero jamás fui capaz de nombrar una alineación, fuera parte de cuatro o cinco jugadores que trascendían lo deportivo. Recuerdo a Suker, al que vi en su mercedes saliendo de Puerta de Hierro con Ana Obregón un día que sacaba al perro a pasear, y cosas parecidas.
Sin embargo siempre, desde pequeño, me animaba a ver los partidos internacionales, heredando la sosegada afición que se respiraba en casa. Recuerdo haber visto con mi padre el España-Malta, el épico partido del 12-1 y el "gol de Señoooooooooor" y esas cosas. Recuerdo haber hecho la colección de cromos del mundial de México 86 (el primero del que fui realmente muy consciente). Recuerdo el mundial de Italia 90 del que vi algún de España junto a Carlos Berzosa en la cafetería de profesores de la entonces Facultad de Económicas y Empresariales, en Somosaguas. Recuerdo el mundial de USA 94, el de Francia 98, el de Corea y Japón 2002 que vi en la oficina, con el partido que nos robaron los surcoreanos. El de Alemania 2006... Y siempre veía los partidos con una ilusión moderada, consciente de ser aficionado de un equipo mediocre que jamás ganaba y que quizá jamás ganaría el Mundial.
Recuerdo una pregunta de un gachó, uruguayo él, que me asaltó por ICQ allá a finales de los noventa, seguramente coincidiendo con el mundial del 98, preguntándome por qué España, que tenía la liga nacional más importante del mundo, jamás había tenido un puesto relevante en el campeonato del mundo, más allá de cuartos de final. No supe responderle...
La española no era una selección ganadora, no era una selección que no ganase porque quedase subcampeona. ¡Qué va! Era una selección que siempre tenía un papel mediocre que ni siquiera se acercaba al triunfo. Recuerdo presenciar cómo se proclamaban campeones países de los llamados "clásicos". Brasil, Alemania, Francia... Y ahora, de repente, he visto cómo aquel equipo de camiseta roja, la misma camiseta roja que vestía Naranjito, al que animaba aquel niño, levanta ese trofeo dorado, que hasta ahora ocupaba uno de esos cromos plateados de los álbumes de Figurini Panini. Ahora España es campeona del mundo. ¿Y ahora qué se hace?
9 jul 2010
Espacio y tiempo
Un segundo es la duración de 9.192.631.770 periodos de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio 133, a nivel del mar y con campo magnético cero.
El metro es la distancia recorrida por la luz en el vacio en 0,000000003335640952 segundos (1/299.792.458), medidos por un reloj atómico de cesio.
El metro es la distancia recorrida por la luz en el vacio en 0,000000003335640952 segundos (1/299.792.458), medidos por un reloj atómico de cesio.
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