27 may 2010

From Magic to Desire: Viaje alucinante

Cuando Maribel me enseñó su HTC Magic blanca me pareció alucinante. El sistema operativo Android era una maravilla que ya había toqueteado en el emulador del SDK, y además había instalado Andromnia, una versión no operativa, pero que permitía hacerse una idea de cómo era un Omnia con Android. En ese momento supe que necesitaba un móvil con Androdi. Y el Magic fue la elección.

El HTC Desire es un móvil voluminoso. La era de los Nokia 8210 y derivados quedó atrás, y ahora prima una pantalla grande donde ver la información. Para ello, los móviles tienen que crecer. No obstante, aunque el Desire es más grande que el Magic, no creo que en tamaño vayan mucho más allá.

Estéticamente me gusta más el Magic (el mío era blanco). Un móvil redondeado y cómodo de llevar, con aspecto limpio y brillante. El Desire, a pesar del atractivo color titanio y el recubrimiento de goma, se me hace más feúcho que el Magic y mucho más feote que el iPhone.

Lo primero que llama la atención es la luminosidad (autoajustable) de la pantalla, y sobre todo su nitidez. Tiene tantos píxeles en su lado pequeño, como el Magic en su lado largo (800x480 frente a 480x320). Las fotos de los contactos, que antes se veían bien, ahora se ven pixeladas. Toca poner mejores fotos. Pero lo mejor de la pantalla no es su calidad, sino el bajo consumo que la tecnología AMOLED tiene. Así, da gusto ver en la aplicación "Uso de la batería", cómo la pantalla se lleva apenas un 14% del consumo, frente al 55% que se llevaba en el Magic. Esta es en mi opinión la principal ventaja.

A mejor
  • La pantalla es espectacular comparada con la del Magic, y el rendimiento en general es muy bueno. El procesador a 1 GHz ofrece unas prestaciones dignas de mencionar.
  • La incorporación de un conector de 3,5 mm para los auriculares y el manos libre, independiente del conector USB es un gran acierto. Además de ser fácil encontrar manos libres de otros fabricantes, y pode usar cualquier par de auriculares, podemos conectarlos mientras el móvil está cargando, cosa que no era posible con el Magic.
  • Después de algunos anodinos experimentos con el HTC Hero, la disposición de los botones físicos es similar a la del Magic y por tanto la transición es sencilla. Sólo desaparecen los botones de colgar y descolgar, que ahora pasan a ser táctiles en pantalla.
  • El Multitouch. Pagar a Apple por utilizar su patente en el Android 2.1 es un peaje que ha merecido la pena.
  • El HTC Sense, que ya había conocido en el Hero es una maravilla, y con un procesador como el Snapdragon, que lo mueve con ligereza, es inmejorable. Tener 7 escritorios en vez de los 3 que trae por defecto el Android 1.6 es un lujo.
  • El sensor de proximidad es ideal y funciona perfectamente. En llamada se desactiva la pantalla al acercarlo al oído, y al separarlo, aparece automáticamente el teclado, que resulta muy cómodo cuando uno tiene que "pulsar 2 si su llamada es sobre telefonía móvil, o pulse 3 si su llamada es sobre ADSL"...
  • La radio FM es algo que casi nadie usa, pero que yo echaba terriblemente de menos desde mi Nokia 6288.

A peor
  • El conector de carga y datos ha pasado del mini-USB cuasi universal, al anodino micro-USB. Esto hace que no sea fácil encontrar un cable donde cargarlo en cualquier sitio, como sí sucede con el mini-USB. (He llegado a cargar el móvil enchufándolo al cargador de un mando de una Playstation). Pasar del universal mini-USB al extraño micro-USB es en mi opinión la mayor cagada que ha cometido HTC con este móvil.
  • No se incluye en el paquete la útil funda que traía la Magic, y la superficie con recubrimiento de goma, aunque grata al tacto, da la impresión de que se deteriorará rápidamente con el roce.
  • El móvil crece tanto a lo largo, como a lo ancho, aunque es algo menos grueso.
  • La tarjeta microSD que viene incorporada es de 4 GB, cuando la que venía incluida en con la Magic era de 8 GB. En un terminal de esta gama, escatimar de esta manera unos pocos euros que son pocos para el comprador, (y aún lo son menos al precio que le sale al fabricante), es una práctica ruin.
En resumen. Si bien siempre fui fiel a Android, era consciente de que aún le quedaba un paso para mojarle la oreja al iPhone. No obstante, y teniendo en cuenta todo lo anterior, hay que admitir que el HTC Desire es un digno competidor y en muchos aspectos supera con soltura a móvil que lleva Steve Jobs en el bolsillo. ;)

Tengo que mencionar aquí que la transición de un terminal a otro ha sido especialmente poco traumática gracias a MyBackup Pro, donde previamente había hecho una copia de seguridad tanto de las aplicaciones como de los datos de usuario, pudiendo hasta conservar el log de llamadas, todos los SMS, MMS y demás.  El único pero ha sido la configuración de los programas, que habría sido un lujo poder restaurarla en el nuevo móvil.

26 may 2010

El límite de la memoria

Que vivimos en un país sin memoria no es nada nuevo. Quizá no sea un país, quizá sea un planeta sin memoria. Normalmente la memoria de lo malo se invoca por decreto, y por ello muchas veces es necesario que nos obliguen a recordar lo malo que fue este o aquel el año pasado, cuando nos acordamos sin ayuda de lo bien que lo pasamos en aquellas vacaciones de hace una década.

Vaya por delante que esto que escribo no es, bajo ningún concepto una crítica a nada, ni un manifiesto a favor de nada. Simplemente es una reflexión sobre la psicología del comportamiento humano, y sobre cómo la gente, llevada por extrañas motivaciones retuerce hasta la perversión, mecanismos que podrían ser útiles y que conducidos de esa mano no obtienen sino el rechazo.

Siempre me ha parecido absurdo el perdón por el pasado. Quizá porque siempre me ha parecido absurdo ahondar en la culpabilidad, máxime cuando eso no conduce a nada. Mi máxima es permanentemente buscar dónde ha fallado el sistema para corregirlo e impedir que el error se reproduzca, porque saber quién es el culpable de algo, y obligarle a hincar la rodilla pidiendo perdón, sirve de muy poco, muy a pesar de aquellos que disfrutan con el espectáculo del adversario humillado.

Dicho esto, pensando en la Ley de la Memoria Histórica y sus múltiples interpretaciones, aclararé que me parece una ley francamente cojonuda para amparar y dar cobertura legal a aquellos que quieren sacar a su abuelo, o a su tío de la cuneta en la que los gusanos roen sus huesos desde hace ochenta años, cosa que hasta ahora, sería una exhumación ilegal, a no ser que uno iniciase un tedioso y costoso procedimiento judicial para que un juez autorizase el levantamiento del cadáver, uno por uno. Sin embargo, puede uno llegar a pensar que es también una ley revisionista que persigue condenar a aquellos que cometieron atrocidades y escaparon sin condena, intentando condenarles. Pero aún ahondando en este comportamiento, me encuentro también con personas que dicen "¿por qué detenerse en 1936?", y buscan que dicha ley de Memoria Histórica no se pare ahí, sino que siga para atrás "reparando" (no puedo evitar las irónicas comillas) todas las injusticias históricas habidas y por haber.

Aquí quería yo llegar. Siempre me ha parecido una soberana estupidez juzgar las cosas fuera de contexto. Y no sólo del contexto espacial, sino también del intelectual y por supuesto el temporal. La historia de España, como la de casi todos los países está cuajada de atrocidades y de tiranos que quedaron impunes muriendo en su cama plácidamente. ¿Y qué? ¿Qué sentido tiene buscar el perdón? ¿Y hasta dónde debemos remontarnos? ¿He de sentirme yo responsable de actos que cometieron gente a la que no conocí, o que incluso siendo antepasados míos, fueron cometidos antes de que yo naciese incluso? ¿He de sentirme responsable y/o avergonzado por actos que yo jamás me plantearía cometer? ¿He de sentirme mal por actos cometidos en un contexto histórico en el que dichos actos podían ser lícitos?

La moralidad evoluciona. No es un concepto absoluto en absoluto. Hoy vemos la esclavitud como algo aberrante, cuando prohombres como Benjamin Franklin (al que admiro) tenían esclavos a su servicio como algo natural. ¿Era una atrocidad la política de sangre y fuego llevada a cabo por la corona española en América en el siglo XVI? Probablemente según los estándares actuales sí, pero en aquella época era simplemente lo normal, tan normal como bañarse una vez al mes, cosa que nos parece hoy una asquerosidad. Una atroz normalidad, pero normalidad al fin y al cabo. Es lo que tiene hacerse cada vez más civilizados. ¿Hasta dónde seguir con la política del pedir perdón? ¿Quién debe pedir perdón por, haciendo una reductio ad absurdum, el sitio de Numancia? ¿Ha de ser la familia de Quinto Cecilio Metelo, general al mando del asedio? ¿Debe ser el país que ahora ocupe su lugar de nacimiento (que no tendrá nada que ver con aquel en el que él nació)? ¿Debe ser la República de Roma? ¿O quizá la República Italiana? ¿Hasta dónde llegar en la estupidez meapilas del revisionismo histórico y de los perdones históricos y de las deudas históricas?

Preocupémonos, e invirtamos esfuerzo y dinero en que no se cometan hoy atrocidades deleznables en su propio tiempo (que sólo con eso hay material de sobra) y dejémonos de tonterías revanchistas o atentas a sabe Dios qué puñeteros intereses, que además no conducen a nada. Colgar al asesino nunca ha devuelto la vida al muerto (digan lo que digan en Texas). Y si el asesino está muerto, aún menos. Pero esto debe de ser una cuestión de crecimiento personal y toma de consciencia.

En algún momento algo falló

Antaño el profesor sabía, y el alumno no. El alumno aprendía del profesor, y este último le corregía, evaluaba y determinaba su aptitud. Así, llegado el momento, el alumno superaba a su maestro, y se convertía en el profesor de la siguiente generación, por lo que el listón subía oleada tras oleada. Así avanzaba sin parar la maquinaria del pensamiento y del conocimiento.

En algún momento esto falló. En algún momento uno o varios alumnos se saltaron las medidas de seguridad que protegían este sistema, y se convirtieron en profesores sin saber más que sus propios profesores. Y esto abrió la brecha para que en generaciones sucesivas de alumnos, el nivel comenzase a descender. Cada profesor fallido, incapaz (por su propia ineptitud) de determinar la aptitud de su alumno, permitía que un profesor fallido más, se sumase a la masa.

No me importa el momento ni las razones por las cuáles esto sucedió. Hoy en día, ser un iletrado no es patrimonio único de las clases menos acomodadas, o de aquellos que no han tenido acceso a los estudios. Hoy en día, personas con formación universitaria y de postgrado, gente a la que se le presupone una gran sapiencia, escribe textos plagados de faltas de ortografía y desaprende aún más cuando se deja corregir por los inefables correctores ortográficos de los procesadores de textos (esos que yo tengo siempre desactivados). Y así, hoy, el 99% de la gente escribe mal, no sólo en los SMS, ni en los chats, ni en los correos electrónicos, sino también en cartas formales, periódicos y textos profesionales.

En algún momento, algo falló.

14 mar 2010

Félix nuestro, que estás en los cielos…

Yo era pequeñísimo. Tendría cuatro años o así, y recuerdo que, como no teníamos tele en casa, mi padre en su fanatismo naturalista peregrinaba cada sábado por la tarde a la cercana casa de mis abuelos (sus suegros), para poder ver El Hombre y la Tierra. Y recuerdo que yo, que ni sentía ni padecía, era arrastrado por él a ver aquellos documentales en blanco y negro (así los veía yo) de su ídolo, que se convirtió en el mío. Estaban narrados por aquella voz cautivadora que ya nunca podría olvidar y aquellas escenas fantásticas que vistas por aquellos ojos infantiles, permanecerían en mi memoria hasta hoy, y estarán grabadas para siempre, como aquella anaconda lanzándole una dentellada de la que Félix se libraba por los pelos, o un águila arrastrando en vuelo a un cordero que la doblaba en tamaño. Mi padre me introducía así en un mundo al que Félix Rodríguez de la Fuente nos abría las puertas. Un mundo de amor por la naturaleza, de desmitificación de viejas leyendas y ancestrales odios enconados, como el pavor al lobo, encarnación del mal en todos los cuentos.

Aprendí a diferenciar el lobo de Caperucita, el de los tres cerditos y los siete cabritillos, del verdadero lobo. Aquel que jugaba con Félix lamiendo su cara tratándole como a uno más de la manada y no tenía nada de terrible. Aprendí a ver la naturaleza alrededor, viendo en aquellos documentales en blanco y negro, el justo complemento de las fotos en color de las enciclopedias Fauna y Fauna ibérica que mi padre coleccionaba por fascículos, y el de la colección La Aventura de la Vida, que empecé a coleccionar yo después. Y viendo en todo aquel material (que en la era pre-Internet era una joya) la necesaria respuesta a lo que me encontraba en nuestras salidas al monte, donde mi padre me enseñaba esto, aquello y lo de más allá, y donde mi padre dibujaba con increíble mano retratos de animales que yo disfrutaba más durante la casi mágica elaboración, que al verlos terminados.

Y un buen día, hace treinta años, recuerdo perfectamente que mi madre vino con los ojos vidriosos a contarnos una noticia que había oído en la radio de la cocina. Félix, nuestro amigo Félix, se había ido al cielo partiendo desde Alaska,  (e irónicamente el día de su cumpleaños). Y para ayudarnos a aquella generación de niños a sobrellevar ese trance, nuestros ídolos musicales, Enrique y Ana compusieron aquella emotiva canción que decía “Amigo Félix, cuando llegues al cielo”. Félix Rodríguez de la Fuente había tenido un accidente mientras rodaba la intrépida Iditarod en Alaska. Probablemente un golpe de viento polar había mandado al cuerno a la endeble avioneta, y segando de golpe la vida de aquel naturalista y divulgador que, de no haber sido por aquel fatídico accidente, hoy tendría más o menos la misma edad (y probablemente la msima actividad) que David Attenborough.
Crecí conociendo a Félix ya muerto. Crecí viendo las reposiciones de sus documentales en televisión. Crecí leyendo sus enciclopedias y libros como “Mis amigos los animales”, visualizando una y otra vez la colección de diapositivas de “La Aventura de la Vida” o escuchando en cassette aquellas estremecedoras narraciones de su reencuentro con los fantasmas de los leones de Tsavo, o de su pernocta en el infernal cerro Autana, entre otras. Las escuchaba una y otra vez con los ojos cerrados, tumbado en el suelo de mi habitación, visualizando con toda claridad a mi ídolo padeciendo penalidades en su busca de la aventura y del conocimiento. En su afán por compartir con nosotros aquellos mundos que sólo él pisaba. Crecí llevando a Félix dentro de mí. Crecí llorando una y otra vez, cuando me enfrentaba a su efigie en el Zoo de Madrid.

Amigo Félix, en realidad llegaste al cielo mucho antes que aquel 14 de marzo de 1980.

11 mar 2010

El culo con las témporas

Si alguien no tiene qué comer, todo el mundo vería como un absurdo que rechazase un plato porque no gustarle las acelgas. Eso es lo que en román paladino llamamos confundir el culo con las témporas. Y es una actitud que por absurda que parezca, sucede más a menudo de lo que parecería y nos gustaría, especialmente entre la clase política.

Revolución es una bonita palabra con un reverso tenebroso. Todas las que yo he conocido han acabado como poco igual que el régimen al que pretendían revolucionar. Desde la del Lord Protector Oliver Cromwell, que acabó en un quítate tú pa’ ponerme yo (y poner luego a mi hijo), hasta la de Cuba, pasando por la Revolución Francesa, las revoluciones independentistas americanas, el octubre rojo de 1917, la cruzada de Franco para salvar España (¡PAÑA!) y la lista podría seguir hasta el infinito. El poder tiene ese no sé qué que qué se yo, que aunque uno tenga elevados ideales, una vez se sienta en el sillón de mando el revolucionario se siente muy a gustito después de pegar barrigazos en sus vicisitudes campestres revolucionarias, y cree tener todo el derecho del mundo al descanso del guerrero… hasta que se muera el guerrero. Y así es como las revoluciones acaban todas en dictadura.

Una dictadura es por definición un régimen en el que un señor está muy a gustito en su sillón y se no se mueve de él ni con agua caliente. Los dictadores suelen ser idealistas y tener vocación de salvar a los demás de sí mismos, por lo que suelen tener un plan, como Hannibal Smith. Y están dispuestos a llevar a cabo su plan le pese a quien le pese. Además, ese bienamado plan de una sociedad perfecta madurado en frías noches de campamento revolucionario, está por encima de todo. Y por ello es lícito ventilarse de un plumazo a todo aquel que opine que ese plan es mejorable. A estos se les suele llamar disidentes. Una dictadura lo es, sea del color que sea. Tan dictador era Ceaucescu, como Stalin, como Mussolini, como Pinochet, como Cromwell, como Napoleón, etc. De nada sirve la orientación política si no se cumplen los preceptos básicos de libertad y respeto a los derechos fundamentales. Del mismo modo que de nada sirve que uno prefiera carne o pescado si no tiene qué llevarse a la boca. En todo eso, todos los demócratas están de acuerdo, claro. A fin de cuentas todos ellos chupan de la teta de la Democracia y no es cosa de morder la teta que te da de chupar. Ni tampoco la mano que te da de comer.

Pero, ¡ay! La vida es bella cuando se habla en términos generales, pero los torticeros matices suelen torcer las cosas y nublar las mentes. Y así, los correligionarios del Partido Pentacéfalo (PP), rechazan cualquier forma de dictadura, excepto la del Caudillísimo que era un período de placidez. Esto levanta las iras del arco político más rojeras, y con razón, claro. Pero la hipocresía máxima es un virus contagioso, y estos días el ZPSOE y los despistados de Izquierda Unida caían enfermos del mismo mal. Los primeros con la tibieza blandengue que les caracteriza, y los otros diciendo que “respetan el gobierno cubano”. Es decir el negativo fotográfico de aquello que hacen sus adversarios políticos.

Los que tienen alergia a las preposiciones y por ello “juegan tenis” o “juegan golf” (yo normalmente juego a algo), porque fueron la clase protegida del régimen franquista y ellos, sus padres o sus abuelos tenían y siguen teniendo mucho que agradecerle al ferrolano, por lo que rechazan todas las dictaduras excepto aquella que les lamió el culo. Los otros, los que levantaban el puño y llevaban camisetas del Ché, se sienten en deuda con el movimiento que les movilizó en su juventud a ellos, o a sus padres o a sus abuelos. Y ese sentimiento heredado les hace rechazar también todas las dictaduras menos aquella/s que fue/ron su motor.

Pero una rosa es una rosa es, y una dictadura es una dictadura. Sea del color que sea. Y denostar unas y obviar otras en función del color político del dictador, además de una falacia política y una demostración de falta de criterio, es confundir el culo con las témporas.

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